El chico de la esquina
Sara salió de la fiesta de su amiga un poco tarde. Había perdido el último autobús y no tenía dinero para un taxi. Decidió caminar hasta su casa, que no quedaba muy lejos, pero tenía que atravesar un barrio oscuro y solitario. Se abrochó el abrigo y apretó el paso. Mientras caminaba, se dio cuenta de que había alguien más en la calle. Era un chico de su edad, con una sudadera negra y una mochila. Sara lo vio de reojo y sintió un escalofrío. ¿Qué haría ese chico a esas horas por ahí? ¿Sería un delincuente? ¿La estaría siguiendo?

Sara salió de la fiesta de su amiga un poco tarde. Había perdido el último autobús y no tenía dinero para un taxi. Decidió caminar hasta su casa, que no quedaba muy lejos, pero tenía que atravesar un barrio oscuro y solitario. Se abrochó el abrigo y apretó el paso.

Mientras caminaba, se dio cuenta de que había alguien más en la calle. Era un chico de su edad, con una sudadera negra y una mochila. Sara lo vio de reojo y sintió un escalofrío. ¿Qué haría ese chico a esas horas por ahí? ¿Sería un delincuente? ¿La estaría siguiendo?

Sara aceleró aún más, pero el chico también lo hizo. Sara empezó a sentir miedo y buscó su móvil en el bolsillo. Lo sacó y marcó el número de su madre. Pero antes de que pudiera hablar, el chico la alcanzó y le puso una mano en el hombro.

-Perdona, no te asustes -le dijo con voz suave-. Solo quería hablarte.

-¿De qué? -preguntó Sara con nerviosismo-. No te conozco de nada.

-Yo a ti sí -respondió el chico-. Te he visto muchas veces por aquí. Vivo en esa casa de la esquina.

Sara miró hacia donde señalaba el chico y vio una casa vieja y abandonada. Le pareció muy extraño que alguien viviera ahí.

-No puede ser -dijo Sara-. Esa casa está vacía desde hace años.

-No, no lo está -insistió el chico-. Yo vivo ahí con mi familia. Bueno, vivía… hasta que pasó lo que pasó.

-¿Qué pasó? -preguntó Sara, intrigada.

El chico bajó la cabeza y suspiró.

-Hace dos años, hubo un incendio en esa casa. Yo estaba durmiendo en mi habitación cuando empezaron las llamas. Mi madre me despertó y me dijo que saliéramos corriendo. Pero cuando llegamos al pasillo, estaba todo lleno de humo y fuego. No podíamos pasar. Mi madre me dijo que me asomara por la ventana y pidiera ayuda. Yo lo hice, pero nadie me escuchaba. Entonces vi a un bombero que estaba subiendo por una escalera. Le grité que nos ayudara, que estábamos atrapados. Él me vio y me dijo que esperara, que iba a por nosotros. Pero nunca volvió. El fuego se extendió por toda la casa y nos alcanzó. Mi madre me abrazó y me dijo que la quería mucho. Yo también se lo dije a ella. Y luego… todo se volvió negro.

Sara sintió una lágrima rodar por su mejilla al escuchar la triste historia del chico.

-Lo siento mucho -le dijo-. Debe ser horrible morir así.

El chico levantó la vista y le sonrió con tristeza.

-No te preocupes -le dijo-. Ya estoy acostumbrado. Llevo dos años vagando por esta calle, esperando a alguien que me escuche. Nadie me ve ni me oye, solo tú.

-¿Por qué yo? -preguntó Sara.

-Porque tú eres especial -respondió el chico-. Tienes un corazón bueno y sensible. Y porque hoy es tu cumpleaños.

-¿Cómo lo sabes? -preguntó Sara sorprendida.

-Lo sé todo de ti -dijo el chico-. Sé que te llamas Sara, que tienes 16 años, que te gusta leer novelas de misterio y escuchar música rock. Sé que tu padre murió cuando eras pequeña y que tu madre trabaja mucho para sacarte adelante. Sé que tienes una amiga llamada Laura, que hoy te hizo una fiesta sorpresa en su casa. Y sé que ahora estás caminando hacia tu casa, pero nunca llegarás.

-¿Qué quieres decir? -preguntó Sara con miedo.

El chico señaló hacia el final de la calle.

-Ahí hay una esquina muy peligrosa -explicó-. Hay un semáforo que no funciona bien y los coches pasan a toda velocidad sin respetar el paso de peatones. Si sigues caminando por ahí, te atropellarán y morirás.

Sara se quedó helada al oír esas palabras.

-¿Cómo lo sabes? -repitió.

-Lo sé porque ya ha pasado antes -dijo el chico-. Hace un año, una chica como tú caminaba por esta calle y llegó a esa esquina. No se fijó en el semáforo y cruzó sin mirar. Un coche la arrolló y la mató al instante. Era mi hermana menor.

Sara se llevó las manos a la boca al darse cuenta de la terrible coincidencia.

-¿Tu hermana? -preguntó incrédula.

-Sí, mi hermana -confirmó el chico-. Se llamaba Ana y tenía 15 años. Era muy parecida a ti, tanto física como mentalmente. Por eso te he seguido y te he hablado. Porque quiero evitar que te pase lo mismo que a ella. Porque quiero salvarte la vida.

Sara no sabía qué decir ni qué hacer. Estaba confundida y asustada. ¿Debía creer al chico o pensar que era una broma macabra? ¿Debía seguir caminando o dar media vuelta? ¿Debía confiar en él o huir de él?

El chico le cogió la mano y le miró a los ojos con sinceridad.

-Por favor, créeme -le dijo-. No quiero hacerte daño, solo quiero ayudarte. No cruces esa esquina, vuelve por donde has venido y busca otro camino para llegar a tu casa. Hazlo por mí, hazlo por ti misma.

Sara sintió algo extraño al notar el contacto del chico. Era como si una corriente eléctrica le recorriera el cuerpo y le hiciera vibrar el alma. Vio en sus ojos una mezcla de dolor y esperanza, de tristeza y amor. Y sintió algo que nunca había sentido antes: una conexión profunda e inexplicable con aquel desconocido.

Sara asintió con la cabeza y apretó su mano.

-Está bien -dijo-. Te creo. Haré lo que me dices.

El chico sonrió con alivio y alegría.

-Gracias -dijo-. Gracias por escucharme, gracias por confiar en mí, gracias por darme una oportunidad.

-No hay de qué -dijo Sara-. Gracias a ti por cuidar de mí, gracias a ti por salvarme la vida, gracias a ti por darme una esperanza.

Se miraron fijamente durante unos segundos, sin soltarse las manos ni las miradas. Se sintieron felices y agradecidos por haberse encontrado en aquel momento tan crucial de sus vidas… o de sus muertes.

Y entonces se besaron con ternura y pasión, sellando así su destino compartido.

Y entonces siguieron caminando hacia la esquina fatal, decididos a enfrentarse juntos al destino.

Sara cruzó la calle sin mirar el semáforo rojo ni los coches que venían a toda velocidad.

El chico la abrazó fuerte mientras sentían el impacto del metal contra sus cuerpos.

Y entonces todo se volvió negro para ellos… pero también blanco para ellos.

Y entonces despertaron juntos en otro lugar, donde no había dolor ni miedo ni muerte… solo amor eterno.

Sara lo miró con asombro y ternura.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó.

-Ángel -le respondió él.

-Ángel… me gusta -dijo ella.

-Y tú, ¿cómo te llamas? -le preguntó él.

-Sara -le respondió ella.

-Sara… me encanta -dijo él.

Se sonrieron y se besaron, sellando así su amor inmortal.

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