El cazador cazado
Había una vez un león que se aburría mucho en la selva. Un día, se le ocurrió una idea para divertirse: se disfrazó de cebra y se mezcló con la manada. Su plan era ir devorando a las cebras una por una, sin que nadie se diera cuenta.

Había una vez un león que se aburría mucho en la selva. Un día, se le ocurrió una idea para divertirse: se disfrazó de cebra y se mezcló con la manada. Su plan era ir devorando a las cebras una por una, sin que nadie se diera cuenta.

El león se lo pasaba en grande con su juego macabro. Cada día, elegía a una cebra al azar y la seguía hasta que se alejaba del grupo. Entonces, se quitaba el disfraz y la atacaba por sorpresa. Las demás cebras no sospechaban nada y seguían pastando tranquilamente.

Un día, el león se fijó en una cebra muy gorda y apetitosa. Decidió que sería su próxima víctima y la siguió hasta un lugar apartado. Cuando estaba a punto de quitarse el disfraz y saltar sobre ella, la cebra se dio la vuelta y le dijo:

  • Hola, amigo. ¿Qué tal te va el juego?

El león se quedó paralizado de terror. La cebra se quitó el disfraz y resultó ser otro león.

  • Te he estado observando desde hace tiempo -dijo el león-. Me pareció muy divertida tu idea de disfrazarte de cebra y comerlas sin que se enteraran. Así que decidí hacer lo mismo, pero con un pequeño cambio: en vez de comerme a las cebras, me comía a los leones disfrazados de cebras.

El león disfrazado de cebra no tuvo tiempo de reaccionar. El otro león se abalanzó sobre él y lo devoró.

La moraleja de esta fábula es: quien ríe el último, ríe mejor.

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