Érase una vez, en el año 1850, un niño llamado Pocomoni Pueblerino que vivía en un pueblo muy pobre llamado San Miguel. Su casa era una choza de barro y paja, su ropa estaba hecha de trapos y su comida era pan duro y agua. Su sueño era ir a la ciudad y estudiar en una escuela. Un día, un hombre rico llamado Don Ramón llegó al pueblo y le ofreció a Pocomoni una beca para ir a la ciudad de Granada. Pocomoni estaba muy feliz y aceptó la oferta. Se despidió de su madre Doña Ana y de sus amigos Juan y Luisa y se fue con Don Ramón.
En Granada, Pocomoni se alojó en una mansión y asistió a una escuela prestigiosa. Su mansión tenía muchos cuartos, muebles y adornos. Su ropa era de seda y terciopelo. Su comida era de carne, queso y fruta. Aprendió muchas cosas y se hizo amigo de otros niños ricos como Carlos y Sofía. Sin embargo, Don Ramón tenía un plan malvado. Quería usar a Pocomoni como un esclavo y le hacía trabajar duro todos los días. Le hacía limpiar la mansión, lavar la ropa, cocinar la comida, cuidar el jardín y los animales, y hacer cualquier otro recado que se le ocurriera. Pocomoni no podía escapar ni pedir ayuda. Don Ramón le vigilaba constantemente y le castigaba si no hacía las cosas a su gusto. Se sentía solo y triste.
Un día, Pocomoni recibió una carta de su madre. Le contaba que su padre Don José había muerto de una enfermedad y que ella estaba muy enferma también. Le pedía que volviera a San Miguel para verla por última vez. Pocomoni se llenó de esperanza y decidió escapar de la mansión. Esperó a que Don Ramón se durmiera y salió corriendo.
Pocomoni corrió toda la noche hasta llegar a la estación de trenes. Buscó un tren que fuera a San Miguel, pero no tenía dinero para comprar un boleto. Entonces vio un tren que estaba a punto de salir y se subió sin que nadie lo viera. Se escondió debajo de un asiento y esperó a llegar a su destino.
El tren avanzó durante horas por el campo. Pocomoni miraba por la ventana y veía los paisajes que recordaba de su infancia. Se sentía feliz de volver a ver a su madre y a sus amigos. Pensaba en cómo les contaría todo lo que había vivido y aprendido en Granada.
Pero el tren no se detuvo en San Miguel. Siguió adelante hasta llegar a otro país. Pocomoni se dio cuenta de que se había equivocado de tren. Se bajó en la primera parada y preguntó cómo podía volver a San Miguel. Le dijeron que tendría que tomar varios trenes y que le costaría mucho dinero.
Pocomoni se sintió desesperado y lloró. No tenía dinero ni forma de comunicarse con su familia. Estaba solo en un lugar extraño y lejos de su casa. Se sentó en un banco y abrazó la carta de su madre.
Entonces vio a Don Ramón que se acercaba a él. El hombre rico lo había seguido y lo había encontrado. Le arrebató la carta de su madre y la rompió en pedazos. Le dijo que nunca volvería a verla y que lo llevaría de vuelta a la mansión para castigarlo. Lo agarró del brazo y lo arrastró hacia el tren.
Pocomoni gritó y pidió ayuda, pero nadie lo escuchó. Miró al cielo y vio una estrella fugaz. Pidió un deseo con todas sus fuerzas: volver a ver a su madre y a sus amigos. Pero el deseo no se cumplió.

Changos, es una historia muy cruda, pero me gusta como el personaje principal es despojado de todo lo que tenía familia, amigos y vida, después la historia cede un poco de esperanza y en tan solo unos renglones ocurre una tragedia.
La vida no es justa, es la moraleja
Pocomoni regresó a San Miguel, abrazó a su madre y se unió a sus amigos. Aprendió que la verdadera riqueza está en el amor y la libertad.
Libertad o riqueza? Un Leon en la jungla o en el zoológico?