El lago era de un agua cristalina y transparente. Peces de colores parecían jugar, saltando alrededor de Alice, la sirena que lo habitaba. Tenía una larga cabellera de un intenso azul que caía en cascada sobre sus hombros, ojos profundos y verdes como el océano, y una piel de tono perlado que reflejaba la luz del sol. Su cola, cubierta de escamas iridiscentes, destellaba con todos los colores del arcoíris cuando se movía.
En el bosque existían seis lagos interconectados por grutas submarinas secretas, que, en algún lugar lejano y mágico, llegaban hasta el mar. El césped que rodeaba el lago parecía una alfombra multicolor, repleta de flores, arbustos y un gran y extraño árbol milenario. Se llamaba Romina, y en una misteriosa simbiosis con las hadas Aurora y Monserrat, lograban renacer cada 500 años ayudándose mutuamente.
Duendes, hadas, plantas, árboles, animales y arbustos convivían en armonía en este santuario natural.
Sedientos y cansados, Abigail —un imponente unicornio de color rosa— y sus dos retoños, Diego y Cristian, se acercaron con cautela a saciar su sed. No habían comido ni bebido en días, pues eran perseguidos por Renata, la célebre cazadora de unicornios.
El miedo, el agotamiento y la sed se notaban en sus rostros. Alice, la sirena, les hizo una seña amable desde el centro del lago, invitándolos a acercarse. Los unicornios bebieron el agua clara sin sospecha alguna, dejándose envolver por la tranquilidad del lugar.
Pero no muy lejos, Renata se acercaba, sigilosa. Vestía una armadura de guerra medieval que hablaba de su fuerza y destreza. El casco de hierro, con intrincados grabados, ocultaba su mirada feroz. Su rostro, marcado por cicatrices, contaba historias de enfrentamientos pasados.
La armadura, compuesta por placas de acero perfectamente ajustadas, le permitía moverse con agilidad. En el centro del pecho, una placa exhibía el emblema de su familia: un unicornio atrapado en una red. Era el símbolo de su linaje y su obsesión.
Portaba una espada larga cuya hoja brillaba bajo el sol. La empuñadura, envuelta en cuero, facilitaba un agarre firme. De su cinturón colgaban dagas y frascos de pociones. Una capa oscura como la noche se desplegaba tras ella, camuflándola entre los árboles.
Con pasos silenciosos, Renata se aproximaba al lago donde los unicornios, confiados, bebían sin imaginar el peligro. La determinación en sus ojos dejaba claro que no se detendría.
Ajena a todo, Abigail no notó su presencia hasta que sintió la red caer sobre su cuerpo. Las piedras en los extremos hicieron que la gravedad la arrastrara violentamente. Presintiendo el peligro, gritó a sus crías que corrieran. Romina, el árbol, extendió sus ramas para esconder a Diego y Cristian.
Renata sacó su arco. Una flecha voló y se incrustó en los cuartos traseros del unicornio. La sangre plateada empezó a brotar. El dolor recorrió su cuerpo. Otra flecha impactó cerca del corazón: certera, cruel, pero no letal. La muerte sería obra de su espada.
Abigail yacía en el suelo, enredada, sangrante. No pensaba en su dolor, sino en sus hijos, que miraban ocultos entre los arbustos. Su vista se nublaba. Vio acercarse a Renata, espada en mano, lista para ejecutar el golpe final. Un par de lágrimas doradas cayeron de sus ojos.
Renata apoyó su bota sobre el cuello de la criatura. Comenzó a susurrar palabras llenas de rencor. Eran frases que le habían repetido desde niña: que los unicornios eran traicioneros, causantes de antiguas desgracias. Que merecían desaparecer.
Alzó la espada con ambas manos.
Y entonces, de reojo, algo la detuvo.
Los ojos. Los ojos de los potrillos, temblando, observándola. No la miraban con odio. La miraban con miedo… y con una esperanza imposible.
Y fue en esa mirada donde algo se quebró.
Una ráfaga cálida le recorrió la espalda. Imágenes borrosas irrumpieron sin aviso: ella misma, niña, corriendo entre flores. Un unicornio blanco, real, pacífico. Su madre, tomándola de la mano.
—No todos los unicornios son enemigos, hija —le decía—. Algunos... son puentes entre mundos.
En otra escena veía a su padre delirando de fiebre, la madre llorando. Un cuerno de unicornio colgado en la pared. Una historia de odio que no era suya… pero que había cargado toda su vida.
El peso de la espada se volvió insoportable.
Miró a Abigail, jadeante, indefensa. A los potrillos, a Romina, a Alice.
Y entonces, bajó la espada.
Se arrodilló, no como guerrera, sino como hija de una niña que alguna vez creyó en la magia. Hundió las manos en el césped y dejó que el arma ancestral cayera a un lado. Cerró los ojos.
—Perdóname —susurró.
Romina extendió una rama y tocó su hombro. Alice emergió del agua y comenzó a sanar a Abigail con un canto antiguo. Aurora y Monserrat flotaron en espiral, liberando polvo de luz. El aire vibraba con algo nuevo. Algo puro.
Abigail, aún débil, se incorporó lentamente. No huyó. No atacó. Solo se quedó quieta. Sus ojos se encontraron con los de Renata. Por un instante, no hubo cazadora ni presa. Solo dos almas rotas que empezaban a sanar.
