Había una vez, en la vasta sabana africana, un león llamado Leo. Contrario a la imagen majestuosa que todos suelen tener de un león, Leo era conocido por su pereza más que por su valentía. Prefería pasar sus días dormitando bajo la sombra de un baobab, disfrutando del calor del sol y el murmullo de la brisa que atravesaba la hierba alta. Cuando el hambre lo atacaba, sí, se ponía de pie y cazaba, pero eso ocurría solo cuando ya no podía soportar el rugir de su estómago.
Un día, mientras Leo dormía la siesta, apareció en escena una hiena llamada Hilda. Hilda era conocida por su risa burlona y su eterna astucia oportunista. Siempre se las ingeniaba para conseguir lo que quería sin tener que esforzarse demasiado. Era una hiena de recursos, de esas que no caza, pero que siempre está allí para recoger las sobras.
Hilda miró a Leo dormido a la sombra y no pudo evitar sonreír con su amplia boca llena de dientes amarillentos. Decidió acercarse para ver si podía sacar algo de provecho. Leo abrió un ojo perezosamente cuando sintió el característico olor a hiena. No era la primera vez que Hilda merodeaba cerca de él, y aunque Leo sabía que las hienas no eran las criaturas más honorables de la sabana, no tenía ganas de levantarse y espantarla.
—¡Hola, Leo! —saludó Hilda con su risa nerviosa—. ¿Descansando como siempre?
Leo suspiró y se acomodó bajo la sombra.
—Qué quieres, Hilda —preguntó con voz rasposa, sin molestarse siquiera en abrir los ojos.
—Oh, nada importante —dijo Hilda, fingiendo desinterés—. Solo pasaba por aquí y me preguntaba si habrías cazado algo... ya sabes, por si te sobra algo y no quieres desperdiciarlo.
Leo soltó un gruñido leve. Él sabía que Hilda rara vez se alejaba de la posibilidad de conseguir un banquete fácil. La mayoría de las veces, ella simplemente seguía a los leones mientras cazaban, esperando pacientemente a que ellos hicieran todo el trabajo y luego se desentendieran de los restos. Pero Hilda tenía algo especial: su persistencia. Ella era difícil de ignorar, tanto por su risa incesante como por su habilidad para hacerse pasar por una compañera inofensiva.
—No he cazado nada hoy, Hilda. Y aunque lo hiciera, sería para mí. Tú siempre vienes a pedir pero nunca haces nada útil —respondía Leo, abriendo un ojo con desdén.
—Vamos, Leo —insistió Hilda, adoptando un tono más serio—. Podríamos ser un equipo, ya sabes. Yo te ayudaría a encontrar las mejores presas y tú solo tendrías que cazarlas. Luego, ambos disfrutaríamos del botín. ¡Puedo ser muy útil!
Leo rumió la idea. Sabía que las hienas no eran dignas de confianza, pero también sabía que tener a Hilda cerca podría servirle en momentos complicados. Finalmente, asintiendo lentamente, Leo decidió aceptar la propuesta.
—De acuerdo, Hilda. Puedes quedarte y ver qué puedes hacer. Pero te advierto, si intentas engañarme, te irá mal.
Hilda sonrió ampliamente, revelando sus dientes puntiagudos.
—¡No te arrepentirás, Leo! Te prometo que esto será el inicio de una gran amistad.
Y así comenzó la alianza entre la hiena y el león. Durante las semanas siguientes, Hilda se encargaba de seguir a las manadas y señalar las presas más vulnerables. Leo, cuando tenía suficiente hambre, se ponía en acción, logrando cazar con relativa facilidad gracias a la información de Hilda. Después de cada caza, ambos compartían la comida: Leo comía primero, hasta saciarse, y luego Hilda se hacía cargo de los restos, asegurándose de no dejar ni un solo hueso sin roer.
La vida pareció ser más fácil para ambos. Leo tenía menos preocupaciones y Hilda siempre tenía algo que comer sin tener que arriesgarse cazando. Sin embargo, la comodidad rara vez dura mucho en la sabana. Un día, tras varios meses de esta extraña sociedad, la sabana comenzó a cambiar. Las lluvias dejaron de caer y una sequía terrible se apoderó del lugar. Los arroyos se secaron, los pastos se tornaron marrones y quebradizos, y las manadas de herbívoros se alejaron en busca de agua.
Leo empezó a notar la escasez de presas. Los días se convirtieron en semanas sin comida, y el rugido de su estómago era cada vez más desesperante. Hilda también sentía los estragos de la sequía, pero ella, a diferencia de Leo, era experta en sobrevivir en situaciones difíciles. Su naturaleza oportunista le había enseñado a adaptarse, aunque eso significara cambiar de compañía o aprovecharse de las circunstancias.
Una tarde calurosa, Leo intentó cazar una gacela que, al igual que él, estaba debilitada por la falta de agua y comida. Pero el esfuerzo fue en vano. Su cuerpo, cada vez más delgado y sin energía, no pudo mantener el paso. Se desplomó en medio de la pradera, jadeando de cansancio y frustración. Desde la distancia, Hilda lo observaba, y aunque por un momento pareció preocupada, la preocupación pronto se transformó en otra cosa: una sonrisa lánguida y satisfecha.
Se acercó a Leo, riéndose con su característico tono burlón.
—¡Vaya, Leo! Parece que hoy no has tenido mucha suerte. Pero no te preocupes, querido amigo, yo estoy aquí para ayudarte.
Leo la miró con ojos cansados, esperando que Hilda tuviera algún plan ingenioso para conseguir comida. Después de todo, él había cazado para ambos durante mucho tiempo; tal vez ahora Hilda podría devolver el favor.
—Hilda... ¿qué tienes en mente? —preguntó Leo con un hilo de voz.
Hilda se acercó aún más, mirándolo con una mezcla de compasión y picardía.
—Bueno, Leo, he estado pensando... podrías, no sé... convertirte en comida. ¡Ja, ja, ja! —soltó Hilda con una carcajada seca y hueca—. Pero como soy tu amiga, no haré eso. Al menos, no hoy.
Leo intentó reírse, pero solo le salió un gemido de dolor. Sabía que Hilda estaba bromeando, o al menos eso quería creer. Pero la debilidad lo vencía, y poco a poco, el sueño se apoderó de él. Se quedó dormido bajo el ardiente sol de la sabana, con el sonido de la risa de Hilda resonando en sus oídos.
Al día siguiente, cuando Leo ya no pudo levantarse, Hilda se acercó lentamente. Lo observó en silencio durante un momento, como si realmente estuviera evaluando la situación. Sabía que la supervivencia en la sabana no era para los débiles, y también sabía que su "alianza" con Leo había llegado a su fin. Esperó pacientemente hasta que el león exhaló su último aliento antes de empezar a hacer lo único que sabía hacer bien: aprovechar la oportunidad.
Hilda comenzó a devorar a Leo, riéndose para sí misma mientras murmuraba entre bocados:
—Gracias, Leo, por todo lo que has hecho por mí. Al final, parece que de verdad hemos compartido el último banquete juntos... aunque tú eres el banquete esta vez.
Y así, Hilda, la hiena oportunista, logró sobrevivir un día más en la cruel sabana africana, gracias a su naturaleza pragmática y su falta de escrúpulos. Ella sabía que la vida era dura, y si había algo que había aprendido de observar a los leones, era que en la cadena alimenticia, no hay amigos, solo comida y supervivientes.
Moraleja: En la vida, los oportunistas siempre estarán cerca de ti... pero no para ayudarte a levantarte, sino para asegurarse de que no quede nada cuando caigas. Así que, si decides aliarte con alguien que siempre está buscando su beneficio sin aportar nada, asegúrate de que no seas tú el último recurso que piensan aprovechar. Recuerda, no todos los que se ríen contigo lo hacen por tu bienestar; algunos solo están esperando el momento perfecto para hacer de ti su última cena.

Este es otro de mis cuentos favoritos, uno no siempre tiene que fiar de cualquiera por beneficio propio. Grupo 406