Era el último día de clases antes de las vacaciones de fin de año en la preparatoria Xochitlán, y el grupo de matemáticas no podía ocultar su ansiedad. La semana de exámenes había sido agotadora, pero al final del día los esperaba una última prueba: el examen de matemáticas del profesor Escandón.
Escandón era alto y de complexión robusta, con una presencia intimidante y esa mirada inquebrantable que parecía atravesar a cualquiera que la sostuviera. Siempre vestía el mismo suéter gris y pantalones oscuros, pero su ropa no era lo más inquietante. Había algo en sus ojos, un brillo vacío y helado, que hacía que los estudiantes prefirieran evitar cruzarse con él.
Cuando los alumnos entraron al salón, notaron un cambio en el ambiente. Había una ligera penumbra en el aire, como si las luces no pudieran iluminar del todo el aula, y un frío extraño, inesperado para un día de diciembre, calaba hasta los huesos. Escandón repartió el examen en silencio, dejando caer cada hoja con un golpe seco. Erick, un estudiante centrado y aplicado, miró su examen y sintió un escalofrío al notar que la primera pregunta era un problema de álgebra, pero algo en la letra parecía distorsionado, como si las palabras estuvieran ligeramente fuera de foco.
“¿A alguien más le parece raro este examen?” susurró Erick, mirando de reojo a sus amigas Sofi y Karla. Sofi frunció el ceño al revisar su examen.
“Es como si… como si ya hubiera visto esto antes,” murmuró ella, tratando de no parecer demasiado inquieta. Karla, desde su pupitre al otro lado del salón, asintió con una mirada ansiosa.
Intentaron concentrarse en resolver el problema, pero las palabras parecían deformarse, moviéndose en la hoja. Erick miró el reloj en la pared y sintió un escalofrío cuando se dio cuenta de que las manecillas estaban detenidas. El tiempo parecía no avanzar.
“¿Profesor, puedo ir al baño?” preguntó Karla, con la voz temblorosa. Escandón la miró con una expresión fría, tan cortante como el filo de un cuchillo.
“No hasta que terminen el examen,” respondió. Su tono era tan grave que resonó en las paredes del aula, haciendo eco en los oídos de los alumnos. La puerta se cerró de golpe, como si una fuerza invisible la hubiera sellado, y el salón pareció achicarse, el aire se volvía espeso, asfixiante.
Erick intentó calmarse y volvió a mirar su hoja. La pregunta había cambiado. Al principio era un problema de álgebra simple, pero ahora se había transformado en una ecuación extraña, incomprensible, casi como un código en un lenguaje desconocido. Y, a medida que la leía, Erick sintió cómo las palabras parecían susurrarle algo directamente a sus pensamientos.
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Sofi intentaba enfocarse, pero las palabras en el examen la confundían, como si se retorcieran para crear frases que golpeaban sus pensamientos más oscuros: “Insegura… Solitaria… Nadie te entiende.” Sofi siempre había sentido que no encajaba en ninguna parte, pero había aprendido a ocultar esa sensación. Ahora, en aquel salón oscuro y extraño, la voz de sus inseguridades la ahogaba.
El profesor Escandón se acercó y se inclinó sobre su escritorio, sus ojos fijos en los de Sofi. “¿Demasiado difícil para ti, Sofi? Qué decepcionante.” Su voz era como un susurro helado, y el temor de Sofi aumentaba con cada palabra.
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Karla, mientras tanto, estaba atrapada en una espiral de desesperación. A medida que intentaba resolver cada pregunta, el examen parecía devolverle los recuerdos de todos los rumores y burlas que había soportado. Era como si el papel mismo se burlara de ella, revelando sus inseguridades, aquellos secretos dolorosos que había intentado enterrar. La opresión en su pecho crecía con cada respuesta que intentaba escribir.
Intentó levantarse, pero sus piernas estaban como ancladas al suelo. Escandón la observaba desde el frente del aula, con una expresión que revelaba una satisfacción oscura, casi como si disfrutara del miedo en sus ojos.
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Los minutos pasaron en un silencio agobiante, que se convirtió en horas. Ninguno sabía cuánto tiempo había pasado en el aula; sus relojes estaban detenidos, y la puerta seguía cerrada. Cada vez que trataban de avanzar en el examen, las preguntas parecían reescribirse, devolviéndolos al principio. Era como si el salón los hubiera atrapado en un ciclo eterno.
Finalmente, Erick decidió enfrentar a Escandón. “¿Por qué nos hace esto? ¿Qué quiere de nosotros?” preguntó, su voz temblando de miedo, pero llena de determinación.
Escandón esbozó una sonrisa fría. “Este examen no evalúa solo matemáticas, Erick. Este examen mide sus miedos, sus fallos, sus secretos… todo lo que han intentado ocultar. Y hasta que no enfrenten cada uno de sus miedos, no podrán salir de aquí.”
Erick sintió cómo el pánico le recorría el cuerpo, pero algo en él, un impulso de lucha, lo hizo juntar fuerzas. Cerró los ojos y comenzó a escribir en la hoja sus pensamientos más oscuros, confesando sus temores, sus errores. Al ver esto, Sofi y Karla se unieron, volcando sus inseguridades en el examen como una confesión muda. Era doloroso, como arrancarse una parte de sí mismos.
A medida que escribían, el aire en el salón se hacía más espeso, las sombras de Escandón parecían retorcerse a su alrededor, y su figura crecía en la penumbra como una bestia oscura.
Sin embargo, cuando terminaron, no hubo liberación ni alivio. El salón de clases no recuperó su luz; el aire continuaba pesado, y la puerta seguía cerrada. Erick miró su hoja, que estaba en blanco. Nada de lo que había escrito estaba allí, como si hubiera sido absorbido por un vacío oscuro.
Escandón los observaba con una expresión de satisfacción inhumana. “Bien hecho,” murmuró, con un brillo malévolo en los ojos. “Han pasado la primera prueba.”
“¿Primera prueba?” susurró Karla, aterrorizada. “¿Qué… qué significa eso?”
Escandón dio un paso hacia ellos, y su sombra se alargó hasta envolver a los tres en una oscuridad helada. “Este examen no era para liberarlos. Era para prepararlos, para debilitar sus mentes y hacerlas… receptivas. Este es el comienzo de su aprendizaje eterno.”
Los tres intentaron moverse, pero sentían como si sus cuerpos se disolvieran, como si se hundieran en el suelo, incapaces de escapar. El salón de clases, que alguna vez había sido su espacio seguro, se convirtió en un abismo en el que las sombras de Escandón se expandían como tentáculos, envolviéndolos, absorbiendo toda su energía.
Cada uno sintió cómo sus pensamientos se apagaban, consumidos por la oscuridad mientras el rostro de Escandón, con su sonrisa distorsionada, era lo último que veían. En sus mentes resonó una última frase:
“Bienvenidos al examen eterno.”
El aula de matemáticas se quedó en silencio, y cuando los estudiantes de otro grupo llegaron al día siguiente, encontraron el salón vacío. Las mochilas y pertenencias de Erick, Sofi, y Karla estaban intactas en sus escritorios, pero de ellos, no había rastro.
Algunos dicen que, si te quedas después de clases en el aula de matemáticas, puedes escuchar murmullos de angustia y el eco de lápices escribiendo en un examen sin fin. Pero lo más inquietante es el rumor de que, si te atreves a mirar al pizarrón, puedes ver la sombra de Escandón, con sus ojos fríos, esperando… a que su siguiente grupo de alumnos tome el examen eterno.

Estuvo interesante, así se siente hacer un examen de usted
Me recuerda a mi primer examen de mate en la prepa, apesar de que estudie, al ver todo los problemas y no entender la mayoría, me ponía nerviosa y al contestar todo, no quería mandarlo porque no estaba segura de si estabán bien, además de que intentaba quedarme hasta el final, lo cual se sentía una eternidad, para ver si me iluminaba la mente y me llegaban las respuestas mágicamente jahahdhjdf.