Era la noche del 24 de diciembre y el viejo estaba solo en su casa. Había pasado todo el día preparando todo para la cena de navidad con sus hijos: había comprado el pavo más grande y jugoso que había encontrado en el mercado, había hecho el ponche con la receta de su difunta esposa, había envuelto los regalos con papel de colores y lazos brillantes, había encendido las velas y adornado el árbol con bolas y luces. Había puesto la mesa con el mantel blanco, los platos de porcelana, los cubiertos de plata, las copas de cristal. Había colocado una tarjeta con el nombre de cada uno de sus hijos en su respectivo sitio. Había llamado a cada uno de ellos para confirmar su asistencia y todos le habían dicho que sí, que irían sin falta, que estaban deseando verlo, que le querían mucho.
Pero nadie llegó.
El viejo esperó pacientemente en el sofá, mirando el reloj y el teléfono. Pensó que quizás había algún problema en el tráfico, o que se habían retrasado en el trabajo, o que se habían quedado dormidos. Les mandó mensajes de texto, pero no recibió respuesta. Les llamó, pero nadie contestó. Les dejó mensajes de voz, pero nadie los escuchó.
Pasaron las horas y el viejo empezó a sentirse nervioso. ¿Y si les había pasado algo? ¿Y si habían tenido un accidente? ¿Y si estaban enfermos? ¿Y si estaban en peligro? Se levantó del sofá y se puso el abrigo. Decidió ir a buscarlos, a ver qué había ocurrido. Tal vez se habían equivocado de dirección, o se habían perdido, o se habían quedado sin batería.
Salió a la calle y se subió a su viejo coche. Condujo por la ciudad, buscando las direcciones de sus hijos. Pero no los encontró. Sus casas estaban vacías, sus luces apagadas, sus puertas cerradas. Nadie le abrió, nadie le explicó, nadie le pidió perdón. Nadie le dijo que lo sentía, que lo amaba, que lo extrañaba.
El viejo se sintió confundido y decepcionado. ¿Dónde estaban sus hijos? ¿Por qué no habían venido? ¿Por qué no le habían avisado? ¿Por qué le habían mentido? ¿Qué había hecho mal? ¿No le querían? ¿No le importaban? ¿No se acordaban de él?
Volvió a su casa, derrotado y triste. Entró en el salón y vio la mesa puesta, el pavo frío, el ponche aguado, los regalos intactos, las velas consumidas, el árbol marchito. Vio las tarjetas con los nombres de sus hijos, que le recordaban su ausencia, su indiferencia, su ingratitud. Se sentó en el sofá y rompió a llorar.
Lloró por sus hijos, por su soledad, por su navidad. Lloró por su pasado, por su presente, por su futuro. Lloró por su vida, por su muerte, por su olvido.
Y nadie lo escuchó.
FIN
