El Testigo silencioso
Un árbol, una caja y un nombre heredado: la memoria espera ser descubierta antes de que el olvido la borre.

Fui sembrado por manos pequeñas y rugosas a la vez: las del hijo, que reía sin parar, y las del padre, que ya sabía que todo en esta vida termina por crecer… o por marchitarse. No recuerdo si fue primavera u otoño. Para nosotros, los árboles, el tiempo no se cuenta en estaciones, sino en raíces que se aferran y hojas que se desprenden.

Aquel día, el viento olía a tierra húmeda y esperanza. El padre, Ernesto, cavó con fuerza, pero con una suavidad que no combinaba con la pala. Cada palada era como un gesto ritual, y al ver a su pequeño hijo con los zapatos manchados de barro, sonrió con los ojos húmedos.

—Tomás —le dijo mientras acomodaba el brote que más tarde sería yo—, hoy vamos a hacer algo que mi papá hizo conmigo cuando yo era como tú. Vamos a plantar un árbol. No es solo una planta… es una promesa.

El niño lo miró curioso.

—¿Una promesa de qué?

—De que el tiempo pasará, hijo. De que nosotros vamos a crecer… y algún día nos iremos. Pero este árbol —me tocó con ternura el tallo frágil— va a quedarse. Va a recordarnos. Va a ser testigo de nuestras vidas, nuestras alegrías, nuestros errores. Y quizá, cuando tú tengas hijos, vendrás aquí y les contarás que lo plantamos juntos.

Yo no entendía esas palabras entonces, pero las sentí. Las palabras de Ernesto eran cálidas y profundas como la lluvia en los días de sequía. Ese día nací, no solo en la tierra, sino en el corazón de una familia.

Desde entonces, fui creciendo con ellos. El niño, Tomás, solía sentarse a leer cuentos bajo mi sombra incipiente. Ernesto, con su mirada hacia el horizonte, fumaba en silencio y murmuraba cosas que no siempre comprendía, pero que siempre llevaban la carga de los que han vivido más de lo que han dicho.

Fui creciendo. Me hice fuerte. Mis ramas se extendieron y dieron sombra a muchos momentos, risas y lágrimas. Y así comenzó mi historia, entrelazada con la vida de aquellos que me plantaron y cuidaron.

Pero esta historia no es solo sobre ellos… sino sobre todos los que vivieron y murieron bajo mi mirada.


Fragmento I: Las primeras memorias profundas

Los años pasaron con la lentitud que solo los árboles sabemos apreciar. Vi a Tomás dejar atrás los cuentos infantiles, cambiar los juguetes por libros de estudio, y las risas por silencios pensativos. Ernesto, por su parte, se volvió más callado con cada invierno. Sus visitas eran menos frecuentes, pero cuando venía, me hablaba.

—Ya casi no me reconoces, ¿verdad, viejo amigo? —decía, apoyando la espalda en mi tronco. Su voz arrastraba el peso de los años, y a veces, de la tristeza.

Yo no le respondía, pero sentía cómo su calor se filtraba entre mi corteza, como si aún necesitara un refugio, aunque ya no lo dijera en voz alta.

Fui testigo del primer beso de Tomás. Fue una tarde tibia, con la brisa perfumada por los ciruelos del huerto. Él se escondió tras mis ramas con una muchacha de trenzas oscuras y risa tímida. Se llamaba Bertha. Se sentaron al pie de mi tronco, y entre nervios y titubeos, él le tomó la mano.

—Bertha… tú y yo estamos aquí, y también él —dijo, señalándome con cariño—. Este árbol lo plantamos mi padre y yo. Mi abuelo plantó uno con él. Es como si nuestras raíces también estuvieran entrelazadas aquí. Te prometo que, mientras este árbol siga en pie, yo voy a amarte. Pase lo que pase. Aquí, contigo, con él de testigo.

Lo sentí. Cada palabra se aferró a mi corteza como si echara raíces. Fue un juramento bello… y frágil. Como todas las promesas humanas.

Años después, ese juramento sería quebrado. Las voces que antes eran susurros de amor se convirtieron en gritos. Bertha se marchó un día de otoño, y Tomás no volvió a mencionarla. Pero yo la recordaba. Yo siempre recuerdo.

En sus últimos días, Ernesto regresó una tarde. Ya no se sentó como antes, sino que se arrodilló. Respiraba con dificultad. Me acarició el tronco, y murmuró:

—Viejo amigo… sé que no me queda mucho. Pero tú… tú seguirás aquí. Quiero que guardes esto. Algún día, alguien vendrá a buscar respuestas, y tú… se las darás.

Cavó con lentitud, justo al pie de mis raíces más gruesas. Sacó una pequeña caja de madera. Dentro puso una carta, una fotografía y un reloj de bolsillo antiguo. En la tapa del reloj, unas iniciales: “A.R.”

Luego cubrió el hueco con tierra, palmo a palmo, como si estuviera sembrando una historia.

—Haz que lo recuerden —me pidió, antes de marcharse. Fue la última vez que lo vi. Sentí el peso de la responsabilidad, sabiendo que su historia ahora formaba parte de mí. Con el paso del tiempo, esas palabras resonaron entre mis ramas, como un eco que nunca se desvanecería.


Fragmento II: Los nietos y el eco del pasado

Pasaron los años, y luego las décadas. Tomás envejeció con serenidad, como quien ha aprendido a no correr contra el tiempo. Se casó con Inés, una mujer de voz pausada y manos siempre ocupadas en cosas simples: bordar, leer, sostener.

Tuvieron dos hijos: Lucía y Gabriel. Y fue Gabriel quien, con el tiempo, trajo a sus propios hijos al jardín que me contenía como si yo fuera otro miembro más de la familia.

Julián, el mayor, tenía una imaginación incansable. Inventaba historias de dragones y civilizaciones escondidas entre mis ramas. Camila, su hermana, prefería sentarse en la raíz que parecía una silla natural y dibujarme. Decía que yo era su “abuelo de madera”. El menor, Simón, apenas hablaba, pero dormía abrazado a mí cada vez que podía.

Fue en ese tiempo que construyeron la Casita en el Árbol.

No era muy grande ni muy sólida, pero estaba hecha con amor, clavos torcidos y tablones reciclados. Cada domingo era una fiesta de martillos, risas y jugo de naranja. Me taladraron con cuidado, pidiéndome perdón al hacerlo. Julián fue el primero en dormir ahí una noche entera. Me contó secretos desde su saco de dormir, con linterna en mano.

—Cuando sea grande, yo viviré aquí para siempre —me dijo.

Yo quise creerle.

Los días fueron largos y dulces. Me colgaron luces en invierno, columpios en primavera, y escribieron sus nombres en mi corteza con letra insegura. T.L.G. —Tomás, Lucía y Gabriel—. Y más abajo, J.P.S., como si quisieran asegurarse de no olvidarse unos a otros.

Pero el tiempo, incluso el más hermoso, no se detiene.

Una tarde nublada, Tomás reunió a la familia bajo mi sombra. Su voz ya no tenía la fuerza de antes.

—Me han ofrecido una buena posición en la capital. Es una oportunidad que no puedo rechazar… pero eso significa dejar esta casa.

El silencio cayó como una helada temprana.

—¿Y el árbol? —preguntó Camila, abrazando una de mis raíces.

—El árbol se quedará aquí —dijo Inés, acariciando el cabello de la niña—. Y nosotros… llevaremos todo lo demás en el corazón.

Vi cómo empacaban risas, recuerdos, cajas y juguetes. Vi a Julián esconder una nota en la casita, escrita en papel doblado:

“Volveremos. No te olvides de nosotros.”

Me abrazaron uno por uno. Me prometieron regresar.

No sabían que un día, uno de ellos lo haría.

Pero para eso… aún faltaban muchos inviernos.

Y yo, como siempre, esperé.


Fragmento III: Nuevos dueños, viejas raíces

Tras la partida de Tomás y su familia, la casa estuvo vacía durante un tiempo. El aire cambió. Ya no había risas flotando en el jardín ni pisadas diminutas corriendo entre las flores. Yo seguí aquí, inmóvil, con la casita en mis ramas vacía y una nota húmeda escondida bajo una tabla: “Volveremos.”

Meses después llegaron nuevos habitantes. Los Landa.

El padre, Rodolfo, era un hombre pragmático, amable pero escéptico. Su esposa, Patricia, era ordenada y eficiente, siempre con una lista de cosas por hacer. Tenían tres hijos: Álvaro, el mayor, apasionado por los deportes; Valeria, amante de los animales; y el pequeño Emilio, un niño de grandes ojos silenciosos y un corazón curioso.

Eran buenas personas, sí. Cuidaban el jardín, pintaron la fachada, repararon la cerca. Pero no miraban al árbol como los otros. Para ellos, yo era… grande. Estorboso. Viejo.

—Rodolfo, podríamos quitar el árbol y hacer un área de asador con pérgola y todo —sugirió Patricia una mañana de sábado—. La sombra la hacemos con lona, y el espacio se aprovecharía mucho mejor.

Rodolfo asintió, mirando mi copa extendida como si fuera una molestia.
—Sí… es demasiado grande. Puede caer con una tormenta.

Y así comenzó el proceso.

Vinieron hombres con sierras, cuerdas y cascos. Examinaron mi tronco. Midieron. Marcaron. Dijeron que llevaría algunos días, porque mi madera era fuerte. “Antigua”, dijo uno. “Demasiado para cortarlo de una sola vez.”

Esa noche, todo estaba listo para empezar al día siguiente.

Pero algo sucedió.

Cerca de la medianoche, dos hombres saltaron la barda trasera. Uno llevaba una barra metálica, el otro una linterna envuelta en cinta. Entraron sigilosos, como sombras torpes. Pero cuando cruzaron el jardín, un crujido feroz resonó en la oscuridad. Mis ramas más altas, agitadas por un viento que nadie había sentido antes, se azotaron con violencia, como látigos de sombra.

Uno de los hombres cayó al suelo, y el otro corrió hacia la reja. Una rama cayó a centímetros de su espalda. El perro de la familia, que dormía en el porche, empezó a ladrar como enloquecido. Las luces del sensor se encendieron. Rodolfo salió con un bat en la mano.

No lograron robar nada. Solo dejaron huellas, y un susto grande.

A la mañana siguiente, Rodolfo explicaba lo ocurrido, aún nervioso.

—No entiendo… fue como si algo los espantara. Algo grande.

Patricia se encogió de hombros.

Pero Emilio no dijo nada. Solo se acercó a mí, como si escuchara algo que los demás no oían.

—No quiere que nos vayamos —murmuró, acariciando mi corteza—. Él nos cuidó.

Desde ese día, Emilio me visitaba a diario. Dibujaba mi silueta, me leía cuentos y me defendía. Fue él quien convenció a su padre de no cortarme. Emilio y yo compartíamos un vínculo especial, que crecía cada día más.

—Papá… no lo cortes. Él estaba aquí antes que todos nosotros. Y nos protegió.

Rodolfo, al principio, solo suspiró. Pero algo en la voz del niño, o en la imagen de las ramas agitándose como si tuvieran voluntad propia, le hizo dudar.

—Está bien —cedió finalmente—. El árbol se queda.

Yo no dije nada. Solo dejé caer una hoja, despacio, sobre la cabeza de Emilio. Como una caricia.


Fragmento IV: El tiempo del abandono

El tiempo, para los árboles, no duele. Pero hay épocas en que las estaciones caen pesadas sobre las ramas, como si cada hoja fuera un lamento que nadie escucha.

La familia Landa creció. Álvaro se mudó al extranjero. Valeria se casó y se fue al sur. Emilio, el único que me había comprendido, partió sin despedirse. Me gustaría pensar que no quiso hacerlo. Que no pudo.

Patricia enfermó. Rodolfo, después de cuidar de ella por años, fue llevado al mismo asilo por sus hijos adultos, todos demasiado ocupados para cargar con el pasado.

Y la casa… quedó sola.

Al principio, resistió con dignidad. La pintura se agrietó. El techo comenzó a gotear. Las flores se marchitaron. Pero lo más duro no fue el deterioro, sino el silencio.
Nadie más me miraba. Nadie más se sentaba bajo mi sombra. Nadie me decía que era importante.

Luego llegaron ellos.

No buscaban hogar. Buscaban sombra para esconderse, y silencio para no ser vistos. Refugiaron aquí sus secretos, sus gritos apagados, sus actos oscuros.
Yo fui testigo de todo.

Escuché planes de robo susurrados bajo la casita que Julián construyó.
Vi cuchillos guardarse en mochilas sucias, y miradas rotas llenas de rabia.
Una noche, un joven fue apuñalado a solo unos pasos de mis raíces. Su sangre tocó la tierra, y el miedo vibró en mis anillos como una tormenta que no termina.

Nadie vino. Nadie oyó.

Durante esos años, mis ramas se secaron en partes. Las termitas me horadaron como la desesperanza roe a quien ha sido olvidado. El viento ya no jugaba conmigo. Solo ululaba como un lamento perpetuo.

Las palabras que Ernesto una vez me confió se escondieron en lo más hondo de mi savia.

Fue el tiempo más largo. El más triste.

A veces soñaba —si es que los árboles sueñan— con los niños que me trepaban, con Inés y su voz suave, con Tomás recitando promesas bajo mi sombra.
Pero todo eso eran hojas caídas en la memoria del viento.

Me aferré a la tierra. Porque, aunque no me quisieran, yo sabía algo: alguien volvería.
Lo sentía en lo más profundo de mis raíces.

Porque lo que fue sembrado con amor… siempre echa brotes. Aunque parezca tarde.


Fragmento V: El regreso de Ernesto

Su nombre era Ernesto, aunque nadie en la familia sabía muy bien de dónde había salido aquel nombre. Su padre decía que era por tradición, pero cuando se le preguntaba más, encogía los hombros y cambiaba de tema. Para Ernesto —el joven—, ese misterio se volvió semilla.

Desde pequeño le gustaba sentarse junto a su abuelo Gabriel y escuchar historias. No cuentos de fantasía, sino recuerdos: del campo, del tren que pasaba cerca, de la antigua casa con jardín amplio… y de un árbol.

—Mi padre, Tomás, lo plantó con tu tatarabuelo Ernesto —decía el abuelo, con la voz teñida de recuerdos—. Lo hicieron como lo había hecho el padre de mi padre. Una tradición. Ese árbol era más que un árbol… era parte de nosotros.

—¿Y aún existe? —preguntó el joven Ernesto, con los ojos brillando como hojas al sol.

—No lo sé, hijo. Hace muchos años dejamos esa casa. Pero si el árbol sigue allí… lo sabrás cuando lo veas.

Las palabras quedaron en él como una raíz que no se ve, pero crece.
Pasaron los años. Ernesto estudió historia. Le apasionaban los mapas antiguos, los álbumes de fotos, los márgenes escritos a mano de las cartas viejas. Y un día, sin avisar a nadie, decidió buscar la casa.

No fue fácil. Había cambiado de dueños, de calle, de color. Pero el árbol… el árbol seguía allí.

Al cruzar la verja oxidada, lo vio.

Viejo, agrietado, cubierto de nudos y musgo. Con ramas rotas y raíces expuestas.
Pero vivo.

La casita en lo alto era ya una ruina de tablones, como una corona olvidada por el tiempo. La pintura se había desvanecido, pero quedaban rastros de nombres grabados, de clavos torcidos puestos por manos pequeñas.

Ernesto se acercó despacio. Sintió que caminaba sobre los ecos de quienes lo precedieron.
Cerró los ojos. Imaginó a Tomás, a Bertha, a su bisabuelo Gabriel corriendo de niño por el jardín. Escuchó en su mente las voces, las risas, los silencios.

Y lloró.

No por tristeza, sino por el peso sagrado del tiempo.

Por comprender, de golpe, que él era parte de algo más grande. Que llevaba dentro las historias que ahora lo rodeaban.

Se arrodilló junto al tronco y apoyó su frente contra la corteza rugosa.

—Gracias por esperarme —susurró.

Entonces, lo sintió.

Una ráfaga leve de viento. No había brisa esa tarde, y sin embargo, una rama se agitó. Lenta. Precisa. Señaló hacia una raíz gruesa, casi oculta bajo la maleza.

Ernesto, como si lo supiera desde siempre, empezó a escarbar con las manos.
La tierra estaba blanda, como si hubiera sido removida por última vez… hace una eternidad.

Y entonces… la punta de una caja emergió.

Aún no la abrió.

Aún no sabía lo que encontraría.

Pero en ese instante, supo que el árbol sí hablaba.

Solo había que escucharlo con el corazón.


Fragmento VI: La noche bajo el árbol

La caja no era grande, ni ostentosa. De madera envejecida, con los bordes redondeados por el tiempo, tenía grietas que parecían arrugas. Pero allí, en la tapa, tallados con letra cuidadosa, aún se leían dos nombres:

TOMÁS y ERNESTO

Ernesto —el joven— retrocedió instintivamente. Sintió que le temblaban las manos. Que sus ojos querían leerlo una y otra vez, para asegurarse de que no lo estaba imaginando.
El primer Ernesto era su tatarabuelo. El segundo… su abuelo.

Y sin embargo, también era él.

Se quedó ahí, de rodillas, mirando la caja como si fuera un relicario olvidado por los dioses de su sangre.

No la tocó. No podía. No aún.

Su corazón latía fuerte, como si quisiera hacerse oír entre las ramas. Se sentó, apoyado en el tronco rugoso del árbol, ese árbol de cuentos que creía una historia exagerada… hasta hoy.

El cielo comenzaba a oscurecerse. La casa abandonada estaba en silencio, pero el jardín parecía respirar. La luz del atardecer se deslizaba entre las hojas, y una brisa suave le acarició la cara como una mano antigua.

Cerró los ojos.

En su mente, las historias del abuelo Gabriel tomaban forma. Podía imaginar a Tomás, joven, plantando ese brote con su padre. A Ernesto, el primero, enterrando aquella caja con manos temblorosas y voz quebrada.

Y ahora él estaba ahí.

Como si todo lo vivido, lo olvidado, lo negado… conspirara para traerlo de vuelta.

Una lágrima le recorrió la mejilla. No de tristeza, sino de revelación.

Ahora entendía.

—Por eso me llamo Ernesto… —susurró, como si hablara con el árbol.

Era más que un nombre. Era una señal. Un legado.

Él era el siguiente eslabón.

Y por primera vez en su vida, no sintió el vacío de no saber de dónde venía.

Lo supo.

Estaba allí, frente a él.

En la madera. En las raíces. En su propio nombre.

Se recostó bajo la copa del árbol, mirando cómo las primeras estrellas salpicaban el cielo. No quiso abrir la caja aún. No esa noche. Quería estar allí, solo, con el árbol, con sus pensamientos, con sus muertos y sus memorias.

Alguien —o algo— lo había esperado durante generaciones.

Y él, al fin, había regresado.


Fragmento VII: La caja abierta

La mañana despertó silenciosa, como si el mundo supiera que ese día no era como los demás. Ernesto se sentó frente a la caja, con las rodillas aún entumidas por haber dormido bajo el árbol. La luz del sol tamizaba las hojas, proyectando sombras antiguas sobre su rostro.

Por un instante dudó. Sentía que estaba a punto de tocar algo sagrado.
Respiró hondo. Colocó las manos sobre la tapa. La madera estaba tibia, como si guardara el calor de los recuerdos.

Abrió la caja lentamente, como quien abre una puerta a otra época.

Lo primero que vio fue un sobre doblado con cuidado, sellado con cera seca y resquebrajada. No tenía nombre, ni fecha. Solo una pequeña inscripción al reverso:

“Para quien tenga el valor de continuar”

Ernesto rompió el sello. Dentro, encontró una hoja amarillenta por el tiempo, escrita a mano con tinta ya desvanecida.

La letra era diferente. Antiquísima.

No era de su tatarabuelo. Era anterior.

La carta no decía nombres, no hablaba de historias personales. Era más bien un acto de fe. Un conjunto de instrucciones sencillas para plantar un árbol, no solo como acto agrícola, sino como un rito de unión.

“Cuando sientas que el tiempo no tiene sentido, siembra.

Cuando dudes de tu nombre, de tus raíces, siembra.

Cuando quieras dejarle algo a quien aún no conoces, siembra.”

Ernesto sintió que la garganta se le cerraba. No era solo una carta. Era una voz que viajaba por siglos, una intención sembrada por alguien que jamás conocería, pero que, de alguna forma, lo conocía a él.

Debajo, encontró una fotografía. Antigua, desvaída. Allí estaban: Ernesto y Tomás, su tatarabuelo y su bisabuelo, jóvenes, con una pala y un brote en la tierra. Al fondo, el árbol… más joven, más delgado.

Y debajo de esa imagen, casi fundidas con el cartón por el paso del tiempo, había dos fotografías más, aún más borrosas:

—Un hombre con sombrero de ala ancha, abrazando a un niño junto a un pequeño árbol.
—Otro, con bigote y chaleco, guiando la mano de su hijo al colocar la primera piedra del hueco donde plantarían.

Ernesto sintió que la piel se le erizaba.

Era real. Todo era real.

Y entonces vio el último objeto.

Un reloj de bolsillo.

Antiguo, manchado, detenido.

No funcionaba, pero seguía latiendo, de otra forma.

En la tapa, apenas visible, unas iniciales: “R.G.M.”

No sabía quién era… pero sabía que ese reloj había cruzado generaciones enteras para llegar a él.

Lo tomó con cuidado. Lo colocó sobre su pecho.

Lloró.

No de tristeza. Sino de reencuentro.

Era como si todos sus antepasados estuvieran allí con él.

Como si el árbol lo hubiera llamado no solo para que recordara…sino para que continuara.

Se puso de pie, con la carta en la mano, el reloj en el bolsillo, y la mirada hacia el futuro.

Sabía lo que tenía que hacer.


Epílogo: La semilla que no olvidó

La casa volvió a respirar.

Ventanas abiertas. Madera restaurada.

Un columpio colgando de la rama más baja del árbol viejo, que aunque ya no albergaba niños, aún sostenía el cielo con dignidad.

Ernesto la compró sin pensarlo.

No por nostalgia, sino por destino.

Porque algunas casas no esperan habitantes: esperan herederos del alma.

Restauró lo perdido con manos firmes y silenciosas.

Luego caminó hacia el extremo opuesto del terreno.

En la mano, un pequeño brote.

A su lado, su hijo Tomás, con pala y sonrisa.

Cavaron.
Como lo hicieron otros antes.

No para mirar al pasado, sino para plantar el futuro.

Bajo el árbol, antes de cubrir las raíces, colocaron una pequeña caja de madera.
En la tapa, tallaron sus nombres: Ernesto y Tomás.

Dentro pusieron:

  • Una carta escrita a mano.
  • Una fotografía de ambos, con el árbol viejo al fondo.
  • Un reloj antiguo que había pertenecido al abuelo Gabriel.
  • Una semilla caída del árbol original.
  • Y un pequeño cuaderno en blanco.

—Para que quien lo encuentre, escriba su propia historia —dijo Ernesto.

Taparon el hueco. Regaron el brote.

Y se sentaron a su sombra, aunque aún no la diera.

Al caer la tarde, una hoja del árbol viejo voló y aterrizó suavemente sobre el brote.
Como una bendición.

Y si pudieras escuchar con el corazón, habrías oído algo más:

La voz del árbol viejo, hablándole al nuevo.


“Recuerda...

No estás aquí solo para crecer.

Estás aquí para sostener.

Para guardar los suspiros, los juegos, las promesas y los silencios.

Serás testigo del amor, del dolor, de la belleza y del olvido.

No temas. No huyas. No juzgues.

Solo permanece.”

20 comentarios en «El Testigo silencioso»

  1. El texto cuenta la historia de un árbol que fue plantado por una familia. A lo largo del tiempo, el árbol ve crecer a los hijos, pasar los años y cómo cambian las cosas. Aunque la familia se va, el árbol sigue ahí. Al final, un nieto vuelve y el árbol lo reconoce. Es una historia sobre el paso del tiempo, los recuerdos y cómo la naturaleza guarda todo lo vivido.

  2. Diego Uriel Muñiz Espinoza

    Este cuento es una hermosa y conmovedora reflexión sobre la naturaleza del tiempo, la memoria y la continuidad de la vida. A través de la perspectiva de un árbol, el autor nos invita a contemplar el paso de las generaciones y la forma en que nuestras vidas se entrelazan con el mundo natural.

  3. El cuento nos muestra que desde el nacimiento de un arbol, este presencia todos los momentos en su estancia desde el momento en el que nace, mirnado silenciosamente todos aquellos momentos que pasan frente a el, desde los eventos mas insignificantes, hasta los mas duros en la vida de aquellos que lo plantaron. Y al final cuando el descendiente de Ernesto llega a desenterrar las raices de su familia, se demuestra que todo tipo de memorias pueden ser guardados sentimentalmente mediante un arbol que ha pasado de generacion en generacion.

    PD: Dia 1 esperando a que Roberto cante x2

  4. en lo personal el tema del linaje y las raíces no me agradan mucho, por que creo que hacen que nos aferremos a una memoria que ya no existe sin embargo él siempre recordar de donde venimos me parece bien, aparte de eso me pareció un buen cuento

  5. Me pareció una historia muy buena sobre cómo un árbol puede guardar los recuerdos de una familia, en especial la parte donde el descendiente encuentra la caja

  6. Está historia me hizo pensar en lo rápido que pasa la vida, y como todos dejamos algo de nosotros mientras vamos creciendo y como un simple “objeto” tiene tantos significados. Me gustó mucho, lo recomiendo

  7. Al leer el cuento, me asombro toda la historia que puede guardar un árbol, podría parecer ser un elemento mas de la casa, incluso visto por algunos como estorbo, es impresionante como es que ese árbol forma parte de generaciones completas de familias, de sus recuerdos mas preciados y hasta de sus desgracias.
    Me gustó como se desglosa el cuento, por momentos me podía imaginar los recuerdos del árbol tal como si yo los hubiera vivido.

  8. muy buena manera de representar como todos los arboles tienen un significado y un valor de quien lo plantó, no todos apreciamos esto y es una lastima, pero creo que esta lectura puede hacer que todos reflexionemos sobre la naturaleza y el pasado que esta lleva

  9. Ivan Arturo Niño Diaz de Leon

    Es increible lo que acabo de leer, me dejo refelxionando por un evento similar que tambien esta pasanod en mi familia.
    Siento que esa es la belleza del ser humano, mantener el amor en todo los lugares posibles, para que nuestras almas lleguen a ser grabadas y poder ser recordados. Algo que me duele ver es como el arbol parece enterno y solo ve como van y vienen, algo que no podra ser. Siento que el arbol fue un verdadero heroe, manteniendo muchas historias y generaciones guardadas en su tranco y ayudando de alguna manera mantener a una familia unida, un lujo que no tiene valor.

  10. es lindo como expresamos que algo simple nos hace sentir bien, nos hace sentir importantes como el al arbol le dieron nombre lo hizo sentir importante eso es lindo por que nos hace entender que algo tan simple nos puede hacer sentir una emocion grande

    (roberto ya canta y haz colab con los tumbados de escandon)

  11. Me pareció bello este cuento, porque aprecia el paso del tiempo como algo que lleva consigo recuerdos y hereda tradiciones, y también algo tomado con paciencia y admiración.

  12. Este es el mejor cuento que he leído de Escandon. La verdad si se nota el salto de calidad que hay entre este cuento y los de el primer libro que sacó, este cuento si se me hace bastante bueno y con una buena enseñanza ya que se me hace muy bonita la manera en la que se trata el destino aquí, ya que tuvieron que pasar generaciones para que la caja que dejaron haya sido encontrada el único detalle es que tienen unas cuantas incongruencias de guion la historia, pero en general se me hace bastante buena y también me recordó a que el profe me dijo que ya había sembrado un árbol supongo que esta historia está inspirada en su experiencia sembrando uno
    -Angel 406

  13. Abraham Mauricio Félix Canchola

    Este cuento demuestra valores como la confianza, las promesas y el ser testigo de una vida entera, el árbol fue testigo de una vida que lo trato bien, la familia que lo planto, lo cuido, le contó secretos y promesas. Era no solo un árbol sino él demostró las cosas importantes de la vida desde también los que se mudaron a la casa y lo hicieron aun lado desde los que le demostraron bien. Los árboles ven el crecimiento entero de una vida

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