Al amanecer, la alarma sonó con la insistencia de siempre, y Jonathan se levantó de mala gana. Arrastrándose hacia el baño, con los ojos a medio abrir, encendió la luz y se detuvo frente al espejo. Su reflejo lo observaba de vuelta, despeinado y con cara de sueño. Jonathan suspiró y comenzó a lavarse la cara, cuando de pronto, una sensación helada y punzante recorrió su espalda, como si un aliento gélido se arrastrara por su columna vertebral, haciendo que cada vello de su cuerpo se erizara. El frío parecía penetrar hasta sus huesos, inmovilizándolo por un segundo que se sintió eterno. Alzó la vista hacia el espejo, y sus ojos se encontraron con algo que no debería estar allí.
El reflejo había cambiado. Jonathan lo vio claramente: su otro yo tenía la piel pálida, los labios temblorosos y los ojos llenos de terror. La expresión del reflejo parecía no sólo ser aterradora, sino también profundamente antinatural, como si algo oscuro se hubiera apoderado de su propia imagen. Los ojos del reflejo estaban desorbitados, inyectados en sangre, y en ellos había algo que no pertenecía a este mundo: un vacío oscuro, un abismo que parecía querer devorar todo a su alrededor. La luz del baño parecía parpadear levemente, como si el aire se hubiese vuelto más pesado, y una helada sensación comenzó a envolver la habitación, intensificando la atmósfera de terror. Los labios se curvaban en una sonrisa forzada, tensa, como si las facciones de su rostro se estuvieran descomponiendo mientras trataban de mantener aquella expresión grotesca. Las manos del reflejo se apoyaban contra el cristal, y Jonathan pudo jurar que los dedos comenzaban a atravesar el vidrio, como si intentaran alcanzar el otro lado.
El reflejo sonrió, pero la sonrisa no era suya. No era la sonrisa de un ser humano; era una mueca perversa, algo que parecía disfrutar el miedo que se reflejaba en los ojos de Jonathan.
"Hoy caerás por las escaleras y nadie podrá ayudarte", dijo la figura del espejo con una voz hueca, que parecía provenir desde dentro de la mente de Jonathan. La voz resonó, no en el baño, sino en sus pensamientos, un eco que se repetía y distorsionaba, llenando su cabeza con una sensación helada que parecía absorber todo calor y toda razón.
El miedo paralizó a Jonathan por un momento. Cerró los ojos con fuerza, deseando que todo desapareciera. Cuando volvió a abrirlos, su reflejo era nuevamente el de siempre, con su rostro confundido y asustado. Se miró a sí mismo por unos segundos, tratando de convencerse de que sólo había sido un sueño a medio despertar, una alucinación provocada por el cansancio.
A lo largo de la mañana, mientras se vestía y desayunaba, trató de olvidar la extraña visión, pero la frase que el reflejo había dicho se repetía una y otra vez en su mente, como un eco siniestro que no podía silenciar. Se dirigía a la escuela con una sensación de nerviosismo que no lograba quitarse de encima.
Todo transcurría con normalidad, hasta que sonó el timbre que anunciaba el cambio de clase. Jonathan caminaba hacia las escaleras cuando, sin previo aviso, resbaló. Intentó sostenerse del barandal, pero sus manos fallaron y sintió cómo el suelo se desvanecía bajo sus pies. Rodó escalones abajo, golpeándose dolorosamente, hasta que finalmente se detuvo al llegar al piso inferior. El dolor era punzante, y aunque pudo ponerse de pie, sus piernas temblaban. Nadie lo había visto caer, y Jonathan no pudo evitar recordar la frase del espejo.
Esa noche, mientras se acostaba en la cama, trató de convencerse de que lo del espejo había sido una coincidencia, que su caída no era más que un desafortunado accidente. No obstante, cuando cerró los ojos, una sensación de temor le recorrió la columna vertebral. ¿Y si lo que vio en el espejo había sido real?
A la mañana siguiente, la alarma lo despertó una vez más. Jonathan se levantó, intentando sacudirse el sueño, y se dirigió nuevamente al baño. Encendió la luz y miró hacia el espejo, con el corazón latiéndole a mil por hora.
Allí estaba su reflejo, mirándolo con una sonrisa torcida. “Hoy perderás algo que te importa mucho”, dijo la figura del espejo con una voz que se aferraba al miedo de Jonathan como un parásito. El corazón de Jonathan comenzó a latir con fuerza, sus manos se enfriaron y sintió como si sus pies estuvieran clavados al suelo. Un sudor frío le recorría la frente mientras su cuerpo permanecía paralizado, incapaz de moverse.
Jonathan parpadeó, y el reflejo volvió a la normalidad. Sin embargo, el escalofrío que lo recorrió le indicó que nada estaba bien. Toda la jornada transcurrió con una nube de ansiedad que se cernía sobre Jonathan. Cada sonido inesperado, cada persona que se le acercaba, hacía que su corazón saltara. Y al final del día, cuando revisó su mochila, se dio cuenta de que su cuaderno de notas, aquel donde había trabajado todo el semestre, había desaparecido.
Aterrorizado y confundido, Jonathan regresó a casa con la certeza de que el espejo conocía su destino. Pero lo más terrorífico de todo era que el ciclo parecía no tener fin. Cada mañana, al pararse frente al espejo, su reflejo le advertía de un nuevo infortunio. Un día fue un accidente de bicicleta, otro día fue la pérdida de algo que amaba. Y siempre, siempre, se cumplía.
Con el paso de los días, Jonathan se volvió prisionero de su propio miedo. Dejó de mirarse al espejo, evitó entrar al baño si no era estrictamente necesario. Pero sin importar cómo tratara de evitarlo, sentía la presencia de su reflejo acechándolo, esperando el momento exacto para revelarle su próximo infortunio. Aquella figura en el espejo ya no era él; era algo más, algo que conocía sus temores más profundos y disfrutaba alimentándose de ellos.
Una mañana, incapaz de soportarlo más, Jonathan entró al baño con un martillo en la mano. Mientras caminaba, su mente estaba llena de una mezcla de desesperación y determinación. Sabía que lo que estaba viendo no podía ser real, pero el miedo lo había consumido por completo. Sentía que era la única manera de detener aquella pesadilla, incluso si no entendía del todo lo que estaba ocurriendo. Sus manos temblaban, pero había algo en su interior que lo empujaba hacia adelante: la necesidad de recuperar el control de su vida. Miró fijamente al espejo, y allí estaba su reflejo, con los ojos llenos de odio. Antes de que el reflejo pudiera hablar, Jonathan alzó el martillo y lo estrelló contra el vidrio, que quedó con una gran rajadura que lo dividía en dos, pero no se desbarató. Algunos pocos fragmentos cayeron al suelo, pero cada pequeño trozo reflejaba aún esos ojos oscuros y aquella sonrisa torcida.
El eco de una voz se escuchó, proveniente de los fragmentos rotos: “No puedes escapar de mí”.
Pero algo más sucedió. En el espejo dividido, Jonathan vio dos figuras. Una era su propio reflejo, pero más humano, con ojos llenos de desesperación y angustia. La otra figura era oscura, con una sombra que parecía retorcerse y moverse dentro de cada fragmento. Los dos estaban allí, atrapados en una lucha silenciosa, sus formas difuminándose y volviéndose una contra la otra.
Jonathan sintió un escalofrío al comprender que, dentro del espejo, su propio yo había estado intentando advertirle todo este tiempo, luchando contra aquella entidad maligna que quería ocupar su lugar. Cada advertencia era un grito de ayuda desde el otro lado, un intento desesperado por evitar lo inevitable.
Aún en shock, Jonathan decidió contarle a sus hermanos sobre lo que había sucedido. Esperaba que todo fuera parte de una broma macabra, pero la expresión de confusión en sus rostros le dejó claro que no sabían de qué estaba hablando. Intentando no perder la razón, Jonathan empezó a creer que todo era producto de su imaginación, que tal vez estaba perdiendo contacto con la realidad.
Durante las semanas siguientes, Jonathan se volvió más retraído. Comenzó a evitar las reuniones familiares, encerrándose en su habitación por largos períodos. En la escuela, dejó de participar en clase y sus calificaciones empezaron a bajar. Sus amigos notaron su ausencia en las salidas y cómo parecía perder interés en las cosas que antes le apasionaban. Incluso su madre lo miraba con preocupación, preguntándole constantemente si estaba bien, a lo que Jonathan siempre respondía con evasivas. Un día, sin poder soportar más la presión, compartió su historia con sus amigos, y fue Abigail quien lo escuchó con genuina preocupación. Ella le contó sobre su abuela, quien había sido chamana, y las historias que solía relatarle sobre entidades atrapadas en los espejos, seres que luchaban por cruzar al mundo de los vivos. Abigail estaba convencida de que lo que estaba ocurriendo a Jonathan no era una simple alucinación.
Esa misma noche, Jonathan y Abigail decidieron enfrentar al espejo. Cuando ambos entraron al baño, el ambiente se volvió denso y helado. Un olor extraño, como a humedad y hierro oxidado, llenó el aire, mientras la presión parecía aumentar, haciendo que respirar se volviera difícil. El silencio del baño se tornó opresivo, como si todo sonido hubiera sido absorbido, dejando solo una sensación de amenaza palpable. Jonathan miró al espejo roto, y allí estaba nuevamente su reflejo en uno de los fragmentos más grandes, acompañado por la sombra que parecía más fuerte que nunca. Abigail, con la voz temblorosa, comenzó a recitar un cántico que su abuela le había enseñado, un intento de liberar el alma atrapada de Jonathan y detener al ente maligno.
De pronto, el reflejo de Jonathan extendió la mano, atravesando la rajadura en el vidrio, y Jonathan sintió un tirón en el pecho. Gritó mientras la sombra se retorcía, tratando de aferrarse a él. En el último momento, Abigail lo tomó del brazo y tiró con fuerza, alejándolo del espejo.
Cuando todo terminó, el baño quedó en silencio. El espejo seguía con aquella profunda rajadura que lo dividía en dos, como una cicatriz sin sanar, y Jonathan sintió una calma extraña, aunque algo en el fondo de su mente le decía que esa calma era artificial, momentánea, como el ojo de una tormenta. Sabía que la amenaza no había desaparecido por completo. Abigail lo miró, sonriendo levemente, pero justo cuando ambos se giraban para salir del baño, una última voz, suave y apenas audible, resonó desde los fragmentos.
“No ha terminado… todavía estoy aquí”. Abigail y Jonathan se miraron, sus rostros reflejando una mezcla de incredulidad y pánico. El corazón de Jonathan comenzó a latir rápidamente, mientras sentía el sudor frío en la nuca. Abigail apretó su mano con fuerza, intentando encontrar valor, pero la incertidumbre en sus ojos revelaba que la amenaza no se había ido. Ambos permanecieron inmóviles por unos segundos, con el eco de aquellas palabras reverberando en el silencio opresivo del baño.
Abigail y Jonathan se miraron, el terror regresando a sus ojos. Algo les decía que aquella lucha apenas comenzaba, y que la sombra no se rendiría tan fácilmente.
Abigail y Jonathan al sentir esa extraña calma de que todo había terminado, estaban a punto de salir del baño, cuando esa voz retorcida y macabra volvió a hablar, “gracias por traerme otra presa más… Jonathan”, Abigail miró a Jonathan con un gesto confuso, Jonathan con una mirada triste empezó a sollozar, Abigail con inquietud de lo que estaba ocurriendo, le preguntó que qué estaba pasando.
Jonathan con la voz quebrada a punto del llanto, le explicó “el ente del espejo me pidió otra alma más para robar y me dejaría en paz, lo siento Abigail…, fuiste una gran amiga, pero prefiero mi vida.” Entonces Abigail con una expresión de miedo intentó huir, pero de pronto del espejo salió la sombra oscura y apretó con fuerza a Abigail, arrastrándola por todo el piso, hasta que el espejo la absorbió por completo, entonces, la voz se dirigió a Jonathan “Eso es todo por ahora, pero no creas que no regresaré…”

La verdad me gusto demasiado el cuento, fue muy interesante y el final fue un remate muy bueno, es el primero cuento que leo y la verdad me pareció demasiado bueno.
La verdad me gusto demasiado el cuento, fue de mucha intriga y el remate del final estuvo muy interesante, es el primer cuento que leo y me pareció muy bueno.