Los cinco infames eran una banda de criminales que se dedicaban a robar, extorsionar, secuestrar y asesinar sin piedad. Eran temidos y odiados por todos, incluso por sus propios cómplices. Un día, tras haber cometido un atraco millonario en un banco, fueron perseguidos por la policía por una carretera solitaria. El conductor, apodado El Loco, iba a toda velocidad, esquivando los disparos de los agentes. Los otros cuatro eran El Gordo, El Flaco, El Tuerto y La Mona. Cada uno llevaba una bolsa con el botín, y ninguno pensaba compartirlo con los demás.
- ¡Vamos, Loco!, ¡acelera! -gritaba El Gordo desde el asiento del copiloto.
- ¡Cállate, Gordo!, ¡que me desconcentras! -respondía El Loco, mientras zigzagueaba por la carretera.
- ¡Oye, Loco!, ¡no te pases de listo!, ¡que esto es entre todos! -decía El Flaco, que iba detrás de El Gordo.
- ¡Claro, Flaco!, entre todos menos tú, ¡que eres un traidor! -replicaba El Tuerto, que iba detrás de El Loco.
- ¡Basta ya, Tuerto, que tú eres el más falso de todos! -intervenía La Mona, que iba en el medio de los dos.
- ¡Cállense todos, que me tienen harto! -exclamaba El Loco, mientras perdía el control del volante.
En una curva, el coche se salió de la carretera y cayó por un barranco.
El impacto fue brutal, y los cinco quedaron malheridos y atrapados entre los hierros. La policía se detuvo y observó el coche desde lo alto. Se oyeron los gemidos de los malhechores, que agonizaban entre el dolor y el miedo.
- ¡Malditos, se lo merecen! -dijo uno de los policías.
- ¡Llamen a los refuerzos, hay que sacarlos de ahí! -dijo otro.
- ¡Y a la ambulancia, tal vez alguno se salve! -dijo un tercero.
Mientras tanto, abajo en el barranco, los cinco infames estaban en sus últimos momentos. Sus espíritus se separaron de sus cuerpos y flotaron sobre el coche destrozado. Estaban confundidos y asustados, sin saber qué les esperaba. De repente, vieron aparecer un auto fantasmal, que se detuvo junto a ellos. De él salió un hombre alto y delgado, vestido de negro, con una sonrisa maliciosa y unos ojos rojos como el fuego. Era el Diablo, que andaba cerca de la zona y decidió ir a recoger a los cinco espíritus cuyo destino era el Infierno.
- Buenas noches, señores -dijo el Diablo, con una voz grave y burlona-Soy el encargado de llevarlos a su nuevo hogar, donde les esperan mil tormentos y sufrimientos eternos. Por favor, suban a mi auto, que no tenemos mucho tiempo.
Los cinco infames se quedaron petrificados, sin poder creer lo que veían y oían. Nunca habían creído en el Diablo, ni en el cielo ni en el infierno. Pensaban que la vida era una broma cruel, y que lo único que importaba era el dinero y el poder. Ahora se daban cuenta de que se habían equivocado, y que iban a pagar por sus pecados.
- ¿Qué? ¿No se alegran de verme? -continuó el Diablo, con una risa sarcástica-. Vamos, no sean tímidos, que les tengo reservado un lugar especial en mi reino. Un lugar donde arderán, gritarán y llorarán sin descanso. Un lugar donde se arrepentirán de todo lo que hicieron y de todo lo que no hicieron. Un lugar donde no habrá piedad ni compasión. Un lugar donde...
- ¡Espera, espera! -interrumpió El Gordo, con una voz temblorosa-. ¿No hay ninguna forma de evitar esto? ¿No podemos negociar, hacer un trato, algo?
- Lo siento, Gordo, pero no hay nada que negociar -respondió el Diablo, con una mueca de desprecio-. Ustedes ya hicieron su elección en vida, y ahora tienen que afrontar las consecuencias. No hay vuelta atrás, no hay segundas oportunidades, no hay perdón.
- Pero, pero... -balbuceó El Flaco, con una expresión de pánico-. ¿Y si nos arrepentimos? ¿Y si prometemos cambiar, ser buenos, hacer el bien?
- Ja, ja, ja -se carcajeó el Diablo, con una mirada de desdén-. ¿Arrepentirse? ¿Cambiar? ¿Hacer el bien? ¿Ustedes? ¿Los cinco infames? ¿Los que han dedicado su vida al crimen, al mal, a la maldad? ¿Los que han robado, extorsionado, secuestrado y asesinado sin piedad? ¿Los que han traicionado, engañado y odiado a todos, incluso a sus propios compañeros? ¿Los que han vivido sin fe, sin esperanza, sin amor? ¿Los que han desafiado a Dios, a la ley, a la moral? ¿Los que han desperdiciado su existencia, su alma, su humanidad? ¿Ustedes se arrepienten? ¿Ustedes quieren cambiar? ¿Ustedes quieren hacer el bien? ¡No me hagan reír!
- Por favor, por favor -suplicó El Tuerto, con una lágrima en su único ojo-Ten piedad de nosotros, ten misericordia. No nos lleves al infierno, no nos condenes al castigo eterno. Déjanos vivir, déjanos volver, déjanos redimirnos.
- ¿Piedad? ¿Misericordia? ¿Vivir? ¿Volver? ¿Redimirse? -repitió el Diablo, con una voz de incredulidad-. ¿Acaso ustedes tuvieron piedad o misericordia de sus víctimas? ¿Acaso ustedes valoraron la vida o la muerte de los demás? ¿Acaso ustedes buscaron la redención o la perdición? No, no y no. Ustedes fueron crueles, egoístas, malvados. Ustedes eligieron el camino del mal, y ahora tienen que seguirlo hasta el final. Ustedes se ganaron el infierno, y ahora tienen que irse al infierno. Así que no me pidan piedad ni misericordia, porque no las tendrán. No me pidan vivir ni volver, porque no podrán. No me pidan redimirse, porque no lo harán. Suban al auto, y vámonos de una vez.
- No, no, no -protestó La Mona, con una voz de desesperación-. No podemos irnos al infierno, no podemos sufrir el castigo eterno. Tenemos que escapar, tenemos que huir, tenemos que salvarnos.
- ¿Escapar? ¿Huir? ¿Salvarse? -replicó el Diablo, con una voz de burla-¿A dónde van a escapar, a dónde van a huir, cómo se van a salvar? ¿Acaso creen que pueden engañarme, que pueden esconderse, que pueden resistirse? No, no y no. Ustedes no pueden escapar de mí, porque yo soy el señor del mal, el príncipe de las tinieblas, el rey del infierno. Ustedes no pueden esconderse de mí, porque yo los veo todo, los sé todo, los puedo todo. Ustedes no pueden resistirse a mí, porque yo tengo el poder, la autoridad, el dominio. Ustedes son míos, y yo hago con ustedes lo que quiero. Así que no me hablen de escapar, de huir, de salvarse, porque no lo lograrán. Suban al auto, y déjense de tonterías.
Los cinco infames se quedaron callados, sin saber qué hacer ni qué decir. Estaban aterrados, angustiados, desesperados. Sabían que el Diablo tenía razón, que no había escapatoria, que no había esperanza. Se resignaron a subir al auto fantasmal, a acompañar al Diablo al infierno, a sufrir el castigo eterno.
Pero entonces, el Diablo hizo algo que los sorprendió. Se rascó la cabeza, frunció el ceño y sacó un teléfono móvil de su bolsillo. Parecía confundido y molesto.
- Un momento, señores, tengo que hacer una llamada -dijo el Diablo, mientras marcaba un número-. Hay un pequeño problema técnico que tengo que resolver.
Los cinco infames se miraron entre sí, sin entender nada. ¿Qué problema técnico podía tener el Diablo? ¿Qué estaba pasando?
- ¿Hola? ¿Central del Infierno? Soy el Diablo, ¿me escuchan? -dijo el Diablo, con una voz impaciente-. Sí, sí, estoy bien, gracias por preguntar. Miren, les llamo porque tengo un caso especial aquí. Resulta que estoy recogiendo a cinco espíritus que se acaban de morir en un accidente de coche. Sí, sí, los cinco infames, esos mismos. El problema es que mi auto solo tiene capacidad para cuatro pasajeros, y no sé qué hacer con el quinto. Sí, ya sé que la ley de tránsito es muy estricta, y que no puedo llevar más de cuatro. Por eso les llamo, para ver si me pueden dar una solución. ¿Qué? ¿Qué me espere? ¿Qué están ocupados? ¿Qué tienen muchos casos pendientes? ¿Qué no pueden atenderme ahora? ¡Pero cómo se atreven! ¡Saben quién soy yo! ¡Soy el Diablo, el jefe, el amo, el dueño! ¡Exijo que me atiendan de inmediato! ¡Exijo que me den una respuesta! ¡Exijo que me respeten! ¡No me cuelguen, no me cuelguen, no me...
El Diablo se quedó con el teléfono en la mano, con una expresión de incredulidad y furia. Habían colgado. La Central del Infierno había colgado al Diablo.
- ¡Malditos, malditos, malditos! -gritó el Diablo, mientras lanzaba el teléfono al suelo y lo pisoteaba con rabia-. ¡Me las van a pagar, me las van a pagar, me las van a pagar!
Los cinco infames observaban la escena con asombro y curiosidad. Nunca habían visto al Diablo tan enojado, tan fuera de sí, tan impotente. Era una situación inesperada, cómica, irónica. El Diablo, el que tenía el poder, la autoridad, el dominio, estaba siendo ignorado, desobedecido, desafiado. El Diablo, el que hacía sufrir a los demás, estaba sufriendo él mismo. El que se reía de los demás, era el hazmerreír de todos.
- ¿Qué pasa, Diablo? -dijo El Gordo, con una voz burlona-. ¿Te han dejado colgado? ¿Te han hecho la cama? ¿Te han puesto los cuernos?
- ¡Cállate, Gordo!, ¡que no tienes gracia! -respondió el Diablo, con una voz irritada-. Esto no es un juego, esto es un asunto serio. Tengo que resolver este problema, tengo que llevarlos al infierno, tengo que cumplir con mi trabajo.
- ¿Y cómo vas a hacerlo, Diablo? -dijo El Flaco, con una voz sarcástica-. ¿No ves que tu auto solo tiene capacidad para cuatro? ¿No ves que somos cinco? ¿No ves que no cabemos?
- ¡Claro que lo veo, Flaco!, ¡no soy ciego! -replicó el Diablo, con una voz exasperada-. Por eso estoy buscando una solución, por eso estoy haciendo llamadas, por eso estoy pidiendo ayuda.
- ¿Y quién te va a ayudar, Diablo? -dijo El Tuerto, con una voz irónica-. ¿La Central del Infierno? ¿Tus colegas demonios? ¿Tus amigos pecadores? ¿O tal vez Dios?
- ¡No me hables de Dios, Tuerto, que me das asco! -contestó el Diablo, con una voz ofendida-. Dios no tiene nada que ver con esto, Dios no se mete en mis asuntos, Dios no me importa.
- ¿Seguro, Diablo? -dijo La Mona, con una voz provocativa-. ¿No será que Dios te está poniendo a prueba? ¿No será que Dios te está dando una lección? ¿No será que Dios te está haciendo una broma?
- ¡No digas tonterías, Mona, que me haces reír! -dijo el Diablo, con una voz despectiva-. Dios no me pone a prueba, porque sabe que no me puede vencer. Dios no me da lecciones, porque sabe que no me puede enseñar. Dios no me hace bromas, porque sabe que no me puede divertir.
- ¿Ah, no, Diablo? -dijo El Loco, con una voz desafiante-. ¿Y entonces qué es esto? ¿Qué es este problema técnico que tienes? ¿Qué es esta situación ridícula en la que estás? ¿Qué es esta comedia que estamos viendo?
- ¡Esto no es una comedia, Loco!, ¡esto es una tragedia! -dijo el Diablo, con una voz dramática-. Esto es una tragedia para ustedes, que van a ir al infierno, que van a sufrir el castigo eterno, que van a llorar y a gemir sin consuelo. Esto es una tragedia para mí, que tengo que cumplir con mi deber, que tengo que llevarlos al infierno, que tengo que hacer mi trabajo.
- ¿Y cómo lo vas a hacer, Diablo? -insistió El Loco, con una voz insistente-. ¿Cómo vas a llevarnos al infierno, si somos cinco y tu auto solo tiene capacidad para cuatro? ¿Cómo vas a cumplir con tu deber, si tienes un problema técnico que no puedes resolver? ¿Cómo vas a hacer tu trabajo, si nadie te ayuda, nadie te respeta, nadie te obedece?
- ¡Ya basta, Loco!, ¡ya basta! -gritó el Diablo, con una voz desesperada-¡Ya basta de preguntas, ya basta de burlas, ya basta de tonterías! ¡Tengo que pensar, tengo que decidir, tengo que actuar!
El Diablo se quedó en silencio, con una expresión de concentración y determinación. Solo podía llevar a cuatro, si lleva a los cinco se meterá en problemas con la infracción, algo por lo que ha pasado antes y han sido muy mas experiencias. Habrá que estar desesperado completamente para infringir el reglamento.
Pensó en todas las opciones posibles, en todas las consecuencias posibles, en todas las soluciones posibles. Y al fin, tomó una decisión.
- Ya lo tengo, ya lo tengo -dijo el Diablo, con una voz triunfal-. Ya sé qué voy a hacer, ya sé cómo voy a resolver este problema, ya sé cómo voy a llevarlos al infierno.
Los cinco infames se pusieron nerviosos, sin saber qué esperar. ¿Qué había pensado el Diablo? ¿Qué iba a hacer el Diablo? ¿Qué les iba a pasar a ellos?
- Escuchen, señores, escuchen -dijo el Diablo, con una voz solemne-. Les voy a hacer una propuesta, les voy a dar una oportunidad, les voy a ofrecer una salida.
Los cinco infames se sorprendieron, sin saber qué creer. ¿Una propuesta? ¿Una oportunidad? ¿Una salida? ¿Qué quería decir el Diablo? ¿Qué estaba tramando el Diablo? ¿Qué les iba a ofrecer a ellos?
- Resulta que, por una cuestión técnica, por una ley de tránsito, por una norma del Infierno, solo puedo llevarme a cuatro de ustedes en mi auto. El quinto, el que se quede, tendrá una segunda oportunidad en la vida, podrá volver a su cuerpo, podrá recuperar su alma y podrá redimirse.
Los cinco infames se quedaron boquiabiertos, sin saber qué pensar. ¿Una segunda oportunidad? ¿Volver a la vida? ¿Redimirse? ¿Qué estaba diciendo el Diablo? ¿Qué estaba ofreciendo el Diablo? ¿Qué les estaba regalando a ellos?
Sí, señores, sí -continuó el Diablo, con una voz entusiasta-. Uno de ustedes podrá escapar del infierno, podrá evitar el castigo eterno. Por lo pronto.
Los cinco infames se quedaron boquiabiertos, sin saber qué pensar.
- Pero no se emocionen, señores, no se emocionen -añadió el Diablo, con una voz maliciosa-. Hay una condición, hay una regla, hay un requisito. Uno de ustedes podrá quedarse, pero los otros cuatro tendrán que irse conmigo. Uno de ustedes podrá salvarse, pero los otros cuatro tendrán que condenarse.
Los cinco infames se quedaron pensativos, sin saber qué hacer. ¿Una condición? ¿Qué quería decir el Diablo?
- Así es, señores, así es -confirmó el Diablo, con una voz divertida-. Ustedes tendrán que decidir quién se queda y quiénes se van. Tendrán que decidir quién se salva y quiénes se condenan.
Los cinco infames se quedaron mudos, sin saber qué decir.
- Les voy a dar unos minutos, señores, les voy a dar unos minutos -dijo el Diablo, con una voz impaciente-. Mientras tanto, voy a hacer unas llamadas, voy a atender unos asuntos, voy a resolver unos problemas. Pero no se demoren, señores, no se demoren. El tiempo corre, el tiempo apremia, el tiempo se acaba.
El Diablo se alejó un poco, con su teléfono en la mano. Se puso a hablar con alguien, con una voz enojada y autoritaria. Parecía estar discutiendo, reclamando, amenazando.
Los cinco infames se quedaron solos, con su dilema en la mente. Tenían que decidir quién se quedaba y quiénes se iban. Tenían que decidir quién se salva y quiénes se condenan.
Pero no era fácil, no era fácil. Los cinco infames eran personas que habían dedicado su vida al crimen, al mal, a la maldad. Eran personas que habían robado, extorsionado, secuestrado y asesinado sin piedad. Eran personas que habían traicionado, engañado y odiado a todos, incluso a sus propios compañeros. Eran personas que habían vivido sin fe, sin esperanza, sin amor. Que no conocían la piedad, la misericordia, la compasión. Que no sabían compartir, cooperar, ceder.
Eran personas que solo querían el dinero, el poder, la gloria. Que solo se querían a sí mismas, que solo se cuidaban a sí mismas.
¿Cómo iban a decidir, entonces?
- Yo me quedo, yo me quedo -dijo El Gordo, con una voz egoísta-. Yo soy el que más dinero tiene, el que más peso tiene, el que más manda. Yo soy el líder, el jefe, el capo. Yo me merezco una segunda oportunidad, yo me merezco volver a la vida, yo me merezco redimirme.
- No, no, no -dijo El Flaco, con una voz envidiosa-. Tú no te quedas, tú no te quedas. Tú eres el que más dinero tiene, pero también el que más roba, el que más engaña, el que más traiciona. Tú no eres el líder, el jefe, el capo. Tú eres el ladrón, el mentiroso, el traidor. Tú no te mereces una segunda oportunidad, tú no te mereces volver a la vida, tú no te mereces redimirte.
- ¿Ah, no? ¿Y tú sí, Flaco? ¿Tú sí te quedas? -dijo El Tuerto, con una voz celosa-. Tú eres el que más delgadez tiene, el que más hambre tiene, el que más ruega. Tú eres el seguidor, el empleado, el esclavo. Tú no te mereces una segunda oportunidad, tú no te mereces volver a la vida, tú no te mereces redimirte.
- No, no, no -dijo La Mona, con una voz codiciosa-. Tú no te quedas, tú no te quedas. Tú eres el que más delgadez tiene, pero también el que más come, el que más bebe, el que más gasta. Tú no eres el seguidor, el empleado, el esclavo. Tú eres el glotón, el borracho, el derrochador. Tú no te mereces una segunda oportunidad, tú no te mereces volver a la vida, tú no te mereces redimirte.
- Ah, ¿no? ¿Y tú sí, Mona? ¿Tú sí te quedas? -dijo El Loco, con una voz furiosa-. Tú eres la que más belleza tiene, la que más encanto tiene, la que más seduce. Tú eres la amante, la novia, la esposa. Tú no te mereces una segunda oportunidad, tú no te mereces volver a la vida, tú no te mereces redimirte.
- No, no, no -dijo El Gordo, con una voz resentida-. Tú no te quedas, tú no te quedas. Tú eres la que más belleza tiene, pero también la que más miente, la que más engaña, la que más traiciona. Tú no eres la amante, la novia, la esposa. Tú eres la mentirosa, la engañosa, la traidora. Tú no te mereces una segunda oportunidad, tú no te mereces volver a la vida, tú no te mereces redimirte.
- ¿Ah, no? ¿Y tú sí, Gordo? ¿Tú sí te quedas? -dijo El Flaco, con una voz irónica-. Tú eres el que más dinero tiene, el que más peso tiene, el que más manda. Pero también el que más odia, el que más mata, el que más sufre.
Por favor, señores, dense prisa -continuó el Diablo, con una voz entusiasta-. Uno de ustedes podrá escapar del infierno y evitar el castigo eterno-
- Pero, pero... -dijo El Gordo, con una voz dubitativa-. ¿Cómo vamos a decidir quién se queda? ¿Cómo vamos a elegir quién se salva?
- Eso es lo que tienen que averiguar ustedes, señores -dijo el Diablo, con una voz maliciosa-. Eso es lo que tienen que resolver ustedes, entre ustedes, por ustedes. Yo no me meto, yo no intervengo, yo no opino.
Ustedes son los que tienen que ponerse de acuerdo, los que tienen que negociar; decidan, hablen, argumenten, convenzan, apuesten, ¡pero háganlo ya!.
- ¿Y cuánto tiempo tenemos, Diablo? -dijo El Flaco, con una voz nerviosa-. ¿Cuánto tiempo tenemos para decidir?
- No mucho, señores, no mucho -dijo el Diablo, con una voz impaciente-. No mucho, porque tengo prisa, porque tengo trabajo, porque tengo que irme. No mucho, porque la policía, la ambulancia y los refuerzos están llegando. No mucho, porque sus cuerpos se están enfriando y sus almas se están marchitando. Solo unos minutos, solo unos segundos, solo un instante.
- ¿Y qué pasa si no nos ponemos de acuerdo, Diablo? -dijo El Tuerto, con una voz temerosa-.¿Qué pasa si no queremos elegir?
- Pues entonces, señores, pues entonces -dijo el Diablo, con una voz amenazante-. Pues entonces, se acabó la propuesta y me los llevo a todos al infierno, me los llevo al castigo eterno.
El Diablo dijo esto recordando la última vez que infringió la ley de tránsito de vehículos fantasmales. El castigo fue realizar labor comunitaria y lo obligaron a limpiar los baños del infierno y alimentar los gusanos que atormentaban almas. Fue el hazmerreír del cielo y del infierno por largo tiempo. Pero debía presionar a los criminales a que aceleraran su decisión.
Los cinco infames se quedaron helados, sin saber qué sentir.
- Así que ya saben, señores, ya saben -dijo el Diablo, con una voz final-Ya saben lo que tienen que hacer, ¡De prisa, por favor!
Los cinco infames se miraron entre sí, sin saber qué decir. Se miraron con recelo, con envidia, con codicia. Se miraron con odio, con rencor, con desprecio. Se miraron con miedo, con angustia, con desesperación. Se miraron, y empezaron a hablar. A hablar, a discutir, a pelear. A pelear por su vida, por su alma, por su destino. A pelear por una segunda oportunidad, por una nueva vida, por una redención. A pelear por una cuestión técnica, por una ley de tránsito, por una norma del Infierno. A pelear, señores, a pelear.
Todos estaban condenados al castigo eterno, ya estaban juzgados y sentenciados, pero no todos cabían en el transporte.
No es cuestión de justicia, no es injusticia, no es salvación, no es perdón, no es redención. Cuatro al castigo eterno, uno tendrá una nueva oportunidad por cuestiones técnicas.
El diablo estaba perdiendo la paciencia y no sabía qué hacer.
FIN
