Timothy era un joven de aspecto escuálido, pero con ojos brillantes que reflejaban una incesante curiosidad. Desde pequeño le habían fascinado los misterios, las paradojas y las anomalías. Por eso, cuando recibió la carta de admisión al instituto “Sir Gerald de Las Indeterminaciones”, sintió una mezcla de emoción y temor. Según el folleto que acompañaba a la carta, se trataba de una escuela especializada en enseñar a los alumnos a “enfrentarse a lo desconocido, a lo incierto y a lo impredecible”. El nombre del instituto hacía referencia a Sir Gerald, un famoso matemático y filósofo que había dedicado su vida a estudiar los límites de la lógica y la razón.
El primer día de clases, Timothy se levantó temprano y se vistió con el uniforme que le habían enviado: una camisa blanca, una corbata negra y un pantalón gris. Luego tomó su mochila y salió de su casa, dispuesto a vivir una aventura. Al llegar al instituto, se quedó boquiabierto al ver los imponentes portones que lo separaban del edificio principal. Sobre ellos había un letrero que decía “Escuela”, pero las paredes estaban adornadas con signos de interrogación y la palabra “¿Hospital? ¿Cárcel? ¿Manicomio? ¿Oficina?”.
Timothy se acercó con cautela y tocó el timbre. Una voz metálica le dijo: “Bienvenido al instituto Sir Gerald de Las Indeterminaciones. Por favor, identifíquese”. Timothy dijo su nombre y la voz le respondió: “Acceso concedido. Pase y siga las instrucciones”. Los portones se abrieron y Timothy entró en el recinto. Allí vio un gran cartel que decía: “Reglas del instituto: 1) No haga preguntas. 2) No cuestione nada. 3) No se sorprenda de nada. 4) No se aburra nunca”.
Timothy sintió un escalofrío y siguió caminando hasta llegar al edificio principal. Allí encontró una recepción donde había una mujer mayor con una sonrisa enigmática. Era la directora del instituto, la señora Geraldine, la hija de Sir Gerald.
“Buenos días, Timothy”, le dijo la directora. “Me alegra verte. Espero que estés listo para tu primer día de clases”.
“Gracias, señora Geraldine”, respondió Timothy con educación. “Sí, estoy listo”.
“Excelente”, dijo la directora. “Aquí tienes tu horario y tu mapa. Te recomiendo que no te pierdas, porque este lugar es muy grande y muy confuso”.
Timothy tomó los papeles y los miró con curiosidad. Su horario decía:
- Primera clase: Medicina experimental.
- Segunda clase: Ética carcelaria.
- Recreo.
- Tercera clase: Psicología inversa.
- Cuarta clase: Burocracia creativa.
Su mapa era un laberinto de pasillos, escaleras, puertas y salidas de emergencia.
“¿Alguna pregunta?”, le preguntó la directora.
“No, señora Geraldine”, respondió Timothy.
“Muy bien”, dijo la directora. “Entonces te deseo mucha suerte. Y recuerda: aunque te encuentres atrapado en el sistema más absurdo, siempre tienes el poder de soñar y transformar tu realidad”.
Timothy asintió y se dirigió a su primera clase. Al entrar en el aula, vio que tenía escritorios, pero también camillas, camas de hospital y una máquina expendedora que, en lugar de ofrecer aperitivos, ofrecía pastillas de colores.
“Buenos días, alumnos”, dijo el profesor, un hombre calvo con bata blanca y gafas redondas. “Soy el doctor Paradoja y les voy a enseñar medicina experimental. Hoy vamos a aprender sobre los efectos secundarios de las drogas sintéticas”.
El profesor les entregó a cada alumno una pastilla de un color diferente y les dijo que se la tomaran. Timothy recibió una pastilla azul y se la tragó sin pensarlo. Al instante, sintió que su cuerpo se relajaba y que su mente se expandía. El profesor comenzó a hablar sobre los síntomas de la sobredosis, la adicción y la abstinencia, mientras Timothy veía cómo sus compañeros experimentaban diversas reacciones: algunos se reían, otros lloraban, otros se dormían y otros se volvían violentos.
“Esto es muy interesante”, pensó Timothy.
En su segunda clase, la maestra era una mujer rubia con traje negro y tacones altos. Se llamaba la señorita Justicia y les enseñaba ética carcelaria.
“Buenos días, alumnos”, dijo la maestra. “Soy la señorita Justicia y les voy a enseñar ética carcelaria. Hoy vamos a aprender sobre la importancia de la puntualidad, el respeto y la obediencia”.
La maestra les mostró imágenes de celdas de prisión, de presos maltratados y de guardias corruptos. Luego les dijo que se pusieran batas blancas y que formaran filas. Les hizo pasar por un detector de metales, les revisó las mochilas y les quitó cualquier objeto que considerara peligroso o innecesario. Después les asignó un número y los encerró en unas jaulas de metal.
“Aquí aprenderán disciplina”, dijo la maestra con una sonrisa ligeramente maniaca.
Timothy se sintió asustado y oprimido. No le gustaba estar encerrado ni ser tratado como un criminal.
“Esto es muy injusto”, pensó Timothy.
Después, durante el recreo, en lugar de un patio había una sala de espera similar a la de un consultorio médico. Y no había juegos. En cambio, había revistas anticuadas y un reloj que parecía moverse más lento de lo normal.
Timothy se sentó en una silla y miró a su alrededor. No había nadie con quien hablar ni nada que hacer. Todos los demás alumnos estaban absortos en sus propios mundos, sin prestar atención a nada ni a nadie.
“Esto es muy aburrido”, pensó Timothy.
Pero quizás lo más extraño fue la última clase del día, donde en lugar de sillas había mesas de oficina, y se les entregó a cada alumno un montón de papeles incomprensibles para llenar. La profesora era una mujer morena con gafas cuadradas y bolígrafo rojo. Se llamaba la señora Rutina y les enseñaba burocracia creativa.
“Buenos días, alumnos”, dijo la profesora. “Soy la señora Rutina y les voy a enseñar burocracia creativa. Hoy vamos a aprender sobre los procedimientos, los formularios y los plazos”.
La profesora les explicó que tenían que rellenar todos los papeles con datos falsos, pero coherentes entre sí. Les dijo que tenían que inventar nombres, direcciones, números de teléfono, fechas de nacimiento, ingresos, gastos, impuestos, etc. Les advirtió que no podían dejar ningún espacio en blanco ni cometer ningún error. Les dijo que tenían que hacerlo todo en el menor tiempo posible y con el mayor grado de complejidad.
“Aquí aprenderán creatividad”, dijo la profesora con una voz monótona.
Timothy se sintió frustrado y agobiado. No le gustaba rellenar papeles sin sentido ni ser sometido a una presión constante.
“Esto es muy estresante”, pensó Timothy.
Al final del día, Timothy salió del instituto con una sensación de alivio y de cansancio. Había sido el día más extraño de su vida. Se preguntó si aquello era realmente una escuela o si era otra cosa.
“¿Qué es esto?”, se preguntó Timothy.
Entonces recordó las palabras de la directora: “Es lo que tú decidas que sea”.
Timothy sonrió y se marchó, decidido a no dejar que aquel extraño lugar le arrebatara su esencia y pasión. Sabía que al día siguiente le esperaban más sorpresas, pero también más oportunidades para aprender, para divertirse y para soñar.
Moraleja: No permitas que el sistema arruine tus sueños.
