Vitalicio Eternez era un hombre de 30 años cuando se dio cuenta de que no deseaba morir. Tenía una vida feliz y plena, con una esposa que lo amaba y un hijo que lo admiraba. Pero un día, mientras paseaba por el parque, se encontró con el diablo. El diablo le ofreció un trato: le daría la vida eterna a cambio de su alma. Vitalicio, sin pensarlo dos veces, aceptó el pacto. Pensó que así podría disfrutar de su felicidad para siempre y evitar el dolor de la muerte.
Pero pronto se arrepintió de su decisión. La vida eterna no era lo que él esperaba. Se alistó para la primera guerra mundial, viendo cómo sus compañeros morían, pero él sobrevivió a pesar de ser herido. Regresó a casa y con el tiempo, su esposa, hijos y nietos murieron por la edad.
Se casó nuevamente y tuvo otra familia, pero pasó lo mismo. Fue muy triste para él ver cómo morían y él no podía hacer nada al respecto. Tambien sobrevivió a una epidemia donde muchos murieron, pero él tenía vida eterna. Vivió otras aventuras con su característica de inmortalidad, como viajar por el mundo, conocer diferentes culturas, explorar lugares exóticos y peligrosos, pero ninguna le llenaba el vacío que sentía en su corazón.
Un día, en un hecho accidental, fue atropellado por un político muy influyente. Como Vitalicio no murió, el político lo acusó de intento de asesinato y logró que lo condenaran a cadena perpetua. Lo encerraron en una celda de máxima seguridad, sin esperanza de salir jamás. Allí pasó los días leyendo libros y jugando al ajedrez con otros presos. Pero ninguno le hacía compañía ni le daba consuelo. Se sentía solo y aburrido.
El día que cumplió 400 años, Vitalicio se arrepintió de haber hecho un pacto con el diablo. Había obtenido la vida eterna a cambio de su alma, pero no había previsto las consecuencias de su decisión. Había visto morir a todos sus seres queridos, había sufrido guerras, enfermedades y desastres, había cambiado de nombre y de lugar tantas veces que ya no sabía quién era. Y ahora, para colmo de males, estaba encerrado en una celda de máxima seguridad, acusado de un crimen que no había cometido. Un día, mientras leía un viejo libro de poesía, se le ocurrió una idea para escapar de su destino.
Vitalicio decidió buscar al diablo para anular el pacto. Se enteró de que el diablo tenía una oficina en el centro de la ciudad y se las arregló para escapar de la cárcel. Llegó al edificio y subió al ascensor. Al llegar al último piso, se encontró con una recepcionista que le pidió su nombre y su cita. Vitalicio le dijo que venía a ver al diablo y ella le sonrió con ironía. Le dijo que el diablo estaba muy ocupado y que tenía que esperar. Vitalicio se sentó en una sala llena de gente y esperó. Y esperó. Y esperó.
Pasaron los días, los meses, los años. Vitalicio seguía esperando en la sala, viendo cómo entraban y salían otras personas. Nadie le hacía caso ni le ofrecía ayuda. Nadie le decía cuánto tiempo más tendría que esperar. Nadie le decía si el diablo existía o si era una broma cruel. Vitalicio se fue consumiendo poco a poco, perdiendo la esperanza y la cordura. Se convirtió en un fantasma, en un mueble más de la sala.
Un día, cuando ya había perdido la noción del tiempo y del espacio, escuchó una voz que lo llamaba por su nombre. Era la recepcionista, que lo miraba con una sonrisa maliciosa. Le dijo que el diablo lo estaba esperando y que podía pasar a su despacho. Vitalicio se levantó con dificultad y siguió a la mujer hasta una puerta roja. La abrió y entró.
Lo que vio lo dejó sin aliento. El despacho era una réplica exacta de su celda de máxima seguridad. En el centro había una mesa con un tablero de ajedrez y dos sillas.
En una de las sillas estaba sentado el diablo, que era idéntico a él mismo. El diablo lo miró con una sonrisa burlona y le dijo:
- Hola, Vitalicio. Me alegra verte después de tanto tiempo. ¿Estás listo para jugar?
- ¿Jugar? ¿A qué? - preguntó Vitalicio con voz temblorosa.
- Al ajedrez, por supuesto - dijo el diablo -. Es el juego más divertido del mundo. Y el más justo.
- ¿Justo? ¿Qué tiene de justo? - replicó Vitalicio.
- Pues que las reglas son las mismas para los dos - explicó el diablo -. Y que el resultado depende solo de tu habilidad y tu inteligencia.
- ¿Y qué pasa si gano? - inquirió Vitalicio.
- Si ganas, te devuelvo tu alma y te libero del pacto - respondió el diablo -. Podrás morir como cualquier mortal y descansar en paz.
- ¿Y si pierdo? - insistió Vitalicio.
- Si pierdes, te quedas aquí conmigo para siempre - contestó el diablo -. Y tendrás que jugar conmigo todos los días hasta el fin de los tiempos.
Vitalicio sintió un escalofrío en la espalda. No le gustaba nada esa propuesta. Pero tampoco tenía otra opción. Era su única oportunidad de salir de ese infierno. Así que se sentó en la silla vacía y cogió las piezas blancas.
El diablo hizo el primer movimiento con las negras. Vitalicio lo imitó con las blancas. Así empezó la partida más importante de su vida.
La partida duró horas, días, semanas. Ninguno de los dos jugadores cedía ni un milímetro. Cada movimiento era calculado con precisión milimétrica. Cada jugada era un reto para el otro. Cada pieza era una batalla.
Al final, solo quedaron dos reyes y un alfil para cada uno en el tablero. Era un empate técnico. Ninguno podía ganar ni perder.
El diablo soltó una carcajada y dijo:
- Bueno, Vitalicio, parece que hemos llegado a un punto muerto. No hay forma de romper este equilibrio.
- ¿Qué significa eso? - preguntó Vitalicio con angustia.
- Significa que nadie gana ni pierde - explicó el diablo -. Que todo sigue igual.
- ¿Igual? ¿Qué quieres decir con igual? - insistió Vitalicio.
- Quiero decir que tu alma sigue siendo mía y que tu vida sigue siendo eterna - aclaró el diablo -. Que no puedes morir ni escapar de mí.
- ¡No puede ser! ¡Eso no es justo! ¡Es una trampa! - protestó Vitalicio.
- ¿Una trampa? No seas ingenuo, Vitalicio - dijo el diablo -. Esto es lo que tú elegiste cuando hiciste el pacto conmigo. Esto es lo que tú querías: vivir para siempre.
El diablo se levantó de la silla y se acercó a la puerta roja.
- Bueno, ha sido un placer jugar contigo, Vitalicio - dijo -. Pero tengo que irme ahora. Tengo otros asuntos que atender.
- ¿Qué? ¿Te vas? ¿Y yo qué hago? ¿Me quedo aquí solo? - preguntó Vitalicio con desesperación.
- No te preocupes, analiza el juego - dijo el diablo -. Más tarde regresaré para mi siguiente jugada. Así que sé paciente, que tiempo es lo que te sobra.
El diablo abrió la puerta roja y salió del despacho.
Vitalicio se quedó solo en el despacho, mirando el tablero de ajedrez con los dos reyes inmóviles. No había nada más que hacer ni nadie con quien hablar. Solo esperar al diablo y su próxima jugada. Una jugada que quizás nunca llegaría.
Y así fue como Vitalicio pasó el resto de su vida eterna: esperando al diablo en un infierno sin salida.
Moraleja: El mensaje que quiero transmitir con esta historia es que una vida sin poder morir en la Tierra no es un regalo, sino una maldición. Que la muerte es parte de la vida y que hay que aceptarla con naturalidad. Que el diablo es un ser engañoso y cruel que se aprovecha de los deseos humanos. Que hay que tener cuidado con lo que se desea, porque se puede convertir en una pesadilla. Que la felicidad no depende de la cantidad de tiempo que se vive, sino de la calidad de las experiencias que se comparten.
¿Qué te parece este mensaje? ¿Estás de acuerdo o en desacuerdo?

Vitalicio Eternez buscó la vida eterna, pero pronto se dio cuenta de que era una carga insoportable. Encerrado en un infierno sin salida, pasó el resto de sus días esperando al diablo, en un juego interminable. A veces, nuestras decisiones impulsivas tienen consecuencias irreversibles.
¿cuanto tiempo te gustaria vivir?